Abogado litigante, no dejes de lado la cortesía en los juicios… tampoco la visualización negativa.

A mediados de este mes, mi hermano Xavier (a quien pueden seguir en la tuitósfera con el usuario @xaviercuadros), me pidió que lo reemplace en las clases de Obligaciones I –el inicio-; Obligaciones II –la venganza-; y, Obligaciones y Contratos I –el remix– en la facultad de Jurisprudencia. Más allá de que por un tiempo aproximado de quince días recordé mis tiempos de docente con los estudiantes que tuve la oportunidad de conocer, aproveché para tratar de transmitir cosas que sobrepasen el estricto contenido académico.

Por ello, en casi todas las últimas clases de todos los cursos, me tomé un tiempo breve para hablar a los futuros colegas de dos cosas que me parecen importantes para el ejercicio profesional del abogado litigante. En un momento de la clase transcribí en la esquina superior derecha del pizarrón estas dos frases: “La cortesía es el lujo de los que están cómodos”, que se encuentra en el libro “Mi primer juicio oral. ¿Dónde me siento? ¿Y qué diré?” de Steven Goldberg, sobre el cual ya escribí antes (https://alfredocuadros.com/2018/11/30/lo-que-aprendi-del-libro-mi-primer-juicio-oral-donde-me-siento-y-que-dire-de-steven-h-goldberg/ ) y, esta otra que es atribuida a un proverbio inglés “Espera lo mejor, prepárate para lo peor”; y les pedí a los estudiantes que piensen en el significado de esas frases.

La primera de las frases anotadas siempre me llamó la atención por lo sencilla en cuanto a su expresión, que contrasta con la inmensidad de lo que encierra. Les contaba a los futuros colegas –a quienes los bauticé como “semi/cuasi/abogados”, ya que están más o menos por la mitad de la carrera-, que lamentablemente se ha extendido la idea de que el abogado, en especial el litigante, tiene que ser agresivo con casi todo el mundo, sobre todo cuando está en una audiencia. Me he topado con colegas, tanto mujeres como hombres, que a pesar de tener cualidades interesantes como el buen manejo de la norma procesal en diligencias, piensan que el juicio es una lucha de egos, que se muestran irascibles  ante cualquier objeción contraria, que irrespetan y menosprecian al colega de la otra parte e incluso, muestran poca educación ante el juzgador y otros funcionarios.

Por ello insistía a los semi/cuasi/abogados en lo siguiente: si estamos en un juicio en el que conocemos todo el caso, en el que conocemos y tenemos bien claros los hechos, tenemos confianza en nuestros conocimientos y capacidades, no hay necesidad de ser descortés con ninguno de los otros protagonistas. Producto de esa confianza es que seguro nos sentiremos cómodos en cualquier situación en que nos ponga el juicio, confianza que, sin lugar a dudas, emana de la cortesía. Les comentaba a los futuros colegas que uno de los momentos más altos que he tenido este año en mi carrera, fue cuando una jueza provincial con la cual me encontré de casualidad de pasada en la Corte –que tan solo me conoció en el desarrollo de una audiencia-, luego de saludar me dijo que mi actuación en juicio se destacó por el conocimiento de la norma y por mi educación. Ahora, reconozco que soy humano y también he tenido mis desbarajustes y rabietas en alguna audiencia, aunque por suerte, estos momentos no se han repetido tanto. Es mejor ser recordado por ser buen abogado y educado que tan solo como un mal educado con cierta destreza en litigios, ya que buenos abogados irrespetuosos hay bastantes.

Respecto a la segunda frase, tenía también mucho que comentar. Vivimos en un mundo donde mucho se habla del “pensar positivo”, o que “piensa positivo y todo saldrá bien”, o que basta con pensar en cosas positivas y bonitas para lograr éxito en todo lo que hagamos (y otras similares). No obstante, la vida –la profesional y la vida en general- no se desarrolla de esa forma.

Pensemos que acabamos de cerrar un contrato importante con un cliente, un contrato que tiene que ver con el patrocinio de un caso muy interesante y complejo, que nos dará réditos no solo en lo económico, sino tan bien en lo profesional. Ahora, imaginemos que algo sale mal en el caso (quizás el cliente no nos paga lo acordado, dictan sentencia en contra, tenemos un mal desempeño en alguna audiencia). ¿Cómo lo vamos a enfrentar? ¿Estaremos listos para afrontar un eventual y probable escenario negativo? ¿Nos quedaremos sin respuesta?

De eso se trata la frase “espera lo mejor, prepárate para lo peor”, la cual para mí tiene mucha aplicación en la actividad del abogado litigante. Anticipándonos a lo que puede salir mal, podemos planificar con la anticipación debida nuestra respuesta y nuestra reacción. Sobre esto, también me gusta citar al filósofo Séneca: “Debemos proyectar nuestros pensamientos delante de nosotros a cada paso y tener en cuenta cada eventualidad posible en lugar de solo el curso habitual de los eventos”. Identificar los posibles caminos en los que puede desplegarse por ejemplo una determinada audiencia es una de las actividades en las que invierto muchísimo tiempo; con ello, ya conozco antes de que incluso se dé inicio a la audiencia lo que tengo que hacer y decir en caso de que el juez no acepte alguna de mis pruebas o mis argumentos, o si me encuentro con algún colega hostil. Casi que imagino y grafico en mi mente todo lo peor que me puede pasar, para ir preparado ante ese peor escenario posible, lo cual me ha ayudado a no tener casi momentos inesperados en alguna diligencia (obvio que no es posible prever todo evento en estas situaciones). Hay un exitoso autor y emprendedor norteamericano llamado Tim Ferris, que sostiene que más importante que definir las metas, es definir nuestros miedos (les dejo el link de la charla TED que él ha dado https://www.ted.com/talks/tim_ferriss_why_you_should_define_your_fears_instead_of_your_goals?language=es), conclusión a la que arribó al leer al mencionado filósofio Séneca.

En conclusión, las frases no solo son de utilidad para los futuros colegas con los que tuve la oportunidad de conocer en estas clases, sino que también son aplicables a los que ya ejercemos de abogados. El compartir y conversar sobre estas frases –aunque haya sido en contados minutos-, también me ayudó a tenerlas más presentes y, esperemos, aplicarlas de mejor forma.

Gracias por la visita.

Lo que aprendí del libro “Mi primer juicio oral. ¿Dónde me siento? ¿Y qué diré?” de Steven H. Goldberg.

Aprovechando una visita a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, adquirí un ejemplar del libro que da título a esta entrada. A pesar de que por el nombre de la obra pareciera que está dirigida a los abogados que recién se inician en la profesión, decidí leerlo, con un enfoque de “principiante”, por aquello de que nunca se deja de aprender. Esto tomando en cuenta de que en la casi década y media de ejercicio profesional –con intervalo de un año académico para mi maestría- he tenido la oportunidad de intervenir en un sinnúmero de diligencias, audiencias y procedimientos orales.

Si bien es cierto que parece que el libro está dirigido a los juicios que cuentan con jurado y, además, al aparentemente estar destinado para los abogados que recién empiezan su ejercicio, hay muchas (muchísimas) lecciones prácticas que pude extraer del mismo, además, frases enriquecedoras que me provocaron muchos momentos de reflexión, incluso encontré líneas que me causaron cierto humor, al punto que llegué a escribir “jajaja” en ciertas páginas.

A pesar de la variedad de cosas que pude extraer del libro, quiero compartir las que más resonaron conmigo. La recomendación es que no dejen de leerlo, créanme, será de provecho para estudiantes, abogados nóveles y para quienes ya tienen su recorrido.

Sin mayor introducción, comparto con ustedes lo que más aprendí de este libro.

1.- El juicio es una representación teatral.-

Una idea que se reitera de manera constante a lo largo del texto del libro es que debemos pensar que el juicio es una representación teatral, en este sentido, se indica que la resolución no tratará sobre “la verdad”, sino aquello que se logra demostrar durante el “juicio-representación”, por lo que debemos preparar y cuidar mucho la ejecución del “libreto”. Por ello, Goldberg nos indica: “Es tan pertinente para el proceso como el libreto para la pieza teatral. Pero como todos sabemos, muchos buenos libretos quedaron arruinados por una pésima producción. El aspecto importante que muchos abogados omiten y que ningún director teatral debe ignorar es que la única “verdad” es lo que el público percibe”.

Ahondando sobre el tema, el autor nos recuerda –como consecuencia lógica de la idea de que el juicio es una representación teatral-, que la primera preocupación del abogado frente a un caso es la de conocer los hechos y, la segunda, es mostrárselos bien al jurado (en nuestra realidad, al juez).

Goldberg es claro en el papel que debe tener el abogado en esta representación teatral: el de director. Como tal, el director “está en el centro de la obra, pero no es el centro del escenario”, resaltando que el director tiene a su cargo cosas trascendentales como la escenografía, vestimenta, entre otros, la tarea del director y del abogado, está entre bambalinas, por ello el abogado no está en el centro del escenario.

Esta lección me parece muy importante, ya que los abogados muchas veces debemos luchar contra el ego, que muchos confunden con seguridad y confianza en uno mismo. En nuestro ámbito local toca ver muchas veces abogados que creen que los casos son un espectáculo televisado y han convertido a los programas de farándula en su lugar preferido de debate y opinión. Triste, pero pasa.

2.- Tips para el interrogatorio y contrainterrogatorio.-

A pesar de que ya he dedicado en este blog algunas entradas para el contrainterrogatorio, no me parece superfluo mencionar ciertos tips extraídos de este libro.

Como punto de partida siempre debemos tener presente cuándo estamos ante un interrogatorio y un contrainterrogatorio, ya que el estilo de las preguntas y, además, nuestra participación como abogados va a cambiar dependiendo de esto.

Goldberg nos deja estas ideas sencillas pero útiles:

  • En el interrogatorio directo (ese que realizamos sobre nuestro propio cliente o a un testigo “amistoso”), el abogado “en su condición de examinador es un catalizador importante de un interrogatorio directo eficaz, el testigo tiene a su cargo el principal papel hablado”.
  • Por esto, en este interrogatorio directo, el que domina la escena es el testigo, el abogado debe ocupar un lugar secundario, en todo el sentido de la expresión, incluso en el sentido físico, debe ubicarse en un punto en que toda la atención se centre en el declarante.
  • Ahora, en el contrainterrogatorio del testigo contrario, o de un testigo hostil, la situación cambia. En estas situaciones es el abogado el que debe tener el control de la escena, ya que debe dejar menos espacio al testigo para que se explique, como recomienda el autor “No ayude a su antagonista permitiendo que sus testigos hablen durante las repreguntas”.
  • Se hace para esto una distinción sobre las preguntas abiertas y las preguntas “orientadoras”, que son las que nosotros llamamos “sugestivas”.

Lo señalado se puede resumir en esta regla que la propone el propio Goldberg: “no oriente en el interrogatorio directo, oriente en las repreguntas”.

3.- La cortesía nunca está de más.-

“Muéstrese siempre cortés. La cortesía es el lujo de los que están cómodos”.

“Ningún abogado se perjudicó jamás por haber solicitado permiso y algunos se encontraron en una situación desagradable por no haberlo hecho”.

Estas dos frases me parecen espectaculares, son tan sencillas y elementales y, a pesar de eso (o quizás por eso, quién sabe), suelen ser olvidadas de forma regular.

Creo que los abogados –y en general todos- debemos hacer planas enteras con aquella frase de que la cortesía es el lujo de los que están cómodos. La cortesía no solo demuestra educación, sino que además trasluce confianza en uno mismo y muestra que la situación no nos está superando.

Goldberg recomienda que todos pronunciemos estas palabras para dialogar con los  jueces en alguna diligencia:

  • “Si el tribunal lo permite”, para iniciar cualquier diálogo con el juez. Adaptado a nuestra costumbre puede variar con la fórmula: “con su venia señor juez”, que suelo usar a menudo.
  • “Su señoría”, para intercambiar palabras con el juez.
  • “Gracias, su Señoría”, para finalizar cualquier diálogo con el juez, sin importar la respuesta que se le diera a nuestro pedido.

Sugiero sopesar y balancear estas palabras con uno de los principios que nos proporciona Ángel Ossorio en su decálogo: “No procures nunca en los tribunales ser más que los magistrados, pero no consientas ser menos”.

Para ir cerrando este punto, me quedo con estas reflexiones de Goldberg:

“Evite el lenguaje físico “artificial”. El falso desgano es la fachada usual en el abogado nervioso. El cuerpo recostado en el respaldo de la silla para demostrar falta de interés y el exagerado encogimiento de hombros son ejemplos de este tipo de fachada …. Las muecas, los movimientos de la cabeza y otras “señales” transmitidas mientras el contrario hace algo son al mismo tiempo movimientos antiéticos e ineficaces. Pregúnteselo a cualquier jurado”.

Esto es algo importante. Me ha tocado toparme en audiencias con brillantes colegas, que manejan muy bien la norma procesal y, sin embargo, muestran terribles modales en la sala de audiencias. Hacen gestos exagerados, realizan caras extrañas mientras otro está en el uso de la palabra, todo lo cual suele ser objeto de reprimendas por parte del juez. Es muy llamativo que Goldberg califique como reñido con la ética el hecho de ejecutar una conducta impropia mientras el colega contrario está actuando. A veces, de ver la conducta de muchos abogados que cuentan con una innegable preparación, tienen a su haber varios libros, saco la conclusión de que la educación académica no otorga de por sí la educación personal.

5.- Preparación de testigos.-

En la práctica profesional he invertido muchísimas horas de mi tiempo en realizar lo que llamo la “preparación” de los testigos. Esta preparación comienza con la primera reunión con el cliente, para que me haga conocer si tiene testigos que puedan ser idóneos para el caso. Si se determina que esto es así, solicito que se me entregue los datos de contacto de los testigos, para coordinar una reunión. En la entrevista con el testigo  le explico todo lo que implicará su testimonio (que tiene que decir la verdad, el tiempo aproximado que tomará su testimonio, investigar si tiene la disponibilidad e intención de declarar, entre otras cosas). Acorde con esto, debo tomarme un tiempo para preparar las preguntas directas y las posibles preguntas del contrainterrogatorio. Todo esto toma mucho trabajo y tiempo, dependiendo además de la complejidad del caso.

Goldberg afirma que la preparación del testigo es esencial, para lo cual instruye que los “testigos no “arruinan” la cosas, sólo los abogados lo hacen”. Para desarrollar esta idea, Goldberg se toma varias páginas para ir explicando poco a poco todo lo que tiene que ver con la preparación de los testigos que uno proporcionará al juicio, haciendo hincapié en que es antiético decirle al testigo que mienta, lo cual no es lo mismo que seleccionar los hechos que más convienen para el caso, por lo que el autor concluye “La diferencia entre abstenerse de decir y ocultar es la diferencia entre lo legal y lo ilegal, lo ético y lo antiético”.

Como cierre de toda esta entrada, no me queda más que insistir en la recomendación para la lectura de este libro. Estas líneas son apenas un pálido retrato de la sabiduría que podemos extraer de esta gran obra.

Gracias por la visita.