Abogado litigante, no dejes de lado la cortesía en los juicios… tampoco la visualización negativa.

A mediados de este mes, mi hermano Xavier (a quien pueden seguir en la tuitósfera con el usuario @xaviercuadros), me pidió que lo reemplace en las clases de Obligaciones I –el inicio-; Obligaciones II –la venganza-; y, Obligaciones y Contratos I –el remix– en la facultad de Jurisprudencia. Más allá de que por un tiempo aproximado de quince días recordé mis tiempos de docente con los estudiantes que tuve la oportunidad de conocer, aproveché para tratar de transmitir cosas que sobrepasen el estricto contenido académico.

Por ello, en casi todas las últimas clases de todos los cursos, me tomé un tiempo breve para hablar a los futuros colegas de dos cosas que me parecen importantes para el ejercicio profesional del abogado litigante. En un momento de la clase transcribí en la esquina superior derecha del pizarrón estas dos frases: “La cortesía es el lujo de los que están cómodos”, que se encuentra en el libro “Mi primer juicio oral. ¿Dónde me siento? ¿Y qué diré?” de Steven Goldberg, sobre el cual ya escribí antes (https://alfredocuadros.com/2018/11/30/lo-que-aprendi-del-libro-mi-primer-juicio-oral-donde-me-siento-y-que-dire-de-steven-h-goldberg/ ) y, esta otra que es atribuida a un proverbio inglés “Espera lo mejor, prepárate para lo peor”; y les pedí a los estudiantes que piensen en el significado de esas frases.

La primera de las frases anotadas siempre me llamó la atención por lo sencilla en cuanto a su expresión, que contrasta con la inmensidad de lo que encierra. Les contaba a los futuros colegas –a quienes los bauticé como “semi/cuasi/abogados”, ya que están más o menos por la mitad de la carrera-, que lamentablemente se ha extendido la idea de que el abogado, en especial el litigante, tiene que ser agresivo con casi todo el mundo, sobre todo cuando está en una audiencia. Me he topado con colegas, tanto mujeres como hombres, que a pesar de tener cualidades interesantes como el buen manejo de la norma procesal en diligencias, piensan que el juicio es una lucha de egos, que se muestran irascibles  ante cualquier objeción contraria, que irrespetan y menosprecian al colega de la otra parte e incluso, muestran poca educación ante el juzgador y otros funcionarios.

Por ello insistía a los semi/cuasi/abogados en lo siguiente: si estamos en un juicio en el que conocemos todo el caso, en el que conocemos y tenemos bien claros los hechos, tenemos confianza en nuestros conocimientos y capacidades, no hay necesidad de ser descortés con ninguno de los otros protagonistas. Producto de esa confianza es que seguro nos sentiremos cómodos en cualquier situación en que nos ponga el juicio, confianza que, sin lugar a dudas, emana de la cortesía. Les comentaba a los futuros colegas que uno de los momentos más altos que he tenido este año en mi carrera, fue cuando una jueza provincial con la cual me encontré de casualidad de pasada en la Corte –que tan solo me conoció en el desarrollo de una audiencia-, luego de saludar me dijo que mi actuación en juicio se destacó por el conocimiento de la norma y por mi educación. Ahora, reconozco que soy humano y también he tenido mis desbarajustes y rabietas en alguna audiencia, aunque por suerte, estos momentos no se han repetido tanto. Es mejor ser recordado por ser buen abogado y educado que tan solo como un mal educado con cierta destreza en litigios, ya que buenos abogados irrespetuosos hay bastantes.

Respecto a la segunda frase, tenía también mucho que comentar. Vivimos en un mundo donde mucho se habla del “pensar positivo”, o que “piensa positivo y todo saldrá bien”, o que basta con pensar en cosas positivas y bonitas para lograr éxito en todo lo que hagamos (y otras similares). No obstante, la vida –la profesional y la vida en general- no se desarrolla de esa forma.

Pensemos que acabamos de cerrar un contrato importante con un cliente, un contrato que tiene que ver con el patrocinio de un caso muy interesante y complejo, que nos dará réditos no solo en lo económico, sino tan bien en lo profesional. Ahora, imaginemos que algo sale mal en el caso (quizás el cliente no nos paga lo acordado, dictan sentencia en contra, tenemos un mal desempeño en alguna audiencia). ¿Cómo lo vamos a enfrentar? ¿Estaremos listos para afrontar un eventual y probable escenario negativo? ¿Nos quedaremos sin respuesta?

De eso se trata la frase “espera lo mejor, prepárate para lo peor”, la cual para mí tiene mucha aplicación en la actividad del abogado litigante. Anticipándonos a lo que puede salir mal, podemos planificar con la anticipación debida nuestra respuesta y nuestra reacción. Sobre esto, también me gusta citar al filósofo Séneca: “Debemos proyectar nuestros pensamientos delante de nosotros a cada paso y tener en cuenta cada eventualidad posible en lugar de solo el curso habitual de los eventos”. Identificar los posibles caminos en los que puede desplegarse por ejemplo una determinada audiencia es una de las actividades en las que invierto muchísimo tiempo; con ello, ya conozco antes de que incluso se dé inicio a la audiencia lo que tengo que hacer y decir en caso de que el juez no acepte alguna de mis pruebas o mis argumentos, o si me encuentro con algún colega hostil. Casi que imagino y grafico en mi mente todo lo peor que me puede pasar, para ir preparado ante ese peor escenario posible, lo cual me ha ayudado a no tener casi momentos inesperados en alguna diligencia (obvio que no es posible prever todo evento en estas situaciones). Hay un exitoso autor y emprendedor norteamericano llamado Tim Ferris, que sostiene que más importante que definir las metas, es definir nuestros miedos (les dejo el link de la charla TED que él ha dado https://www.ted.com/talks/tim_ferriss_why_you_should_define_your_fears_instead_of_your_goals?language=es), conclusión a la que arribó al leer al mencionado filósofio Séneca.

En conclusión, las frases no solo son de utilidad para los futuros colegas con los que tuve la oportunidad de conocer en estas clases, sino que también son aplicables a los que ya ejercemos de abogados. El compartir y conversar sobre estas frases –aunque haya sido en contados minutos-, también me ayudó a tenerlas más presentes y, esperemos, aplicarlas de mejor forma.

Gracias por la visita.

Lo que aprendí del libro “Mi primer juicio oral. ¿Dónde me siento? ¿Y qué diré?” de Steven H. Goldberg.

Aprovechando una visita a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, adquirí un ejemplar del libro que da título a esta entrada. A pesar de que por el nombre de la obra pareciera que está dirigida a los abogados que recién se inician en la profesión, decidí leerlo, con un enfoque de “principiante”, por aquello de que nunca se deja de aprender. Esto tomando en cuenta de que en la casi década y media de ejercicio profesional –con intervalo de un año académico para mi maestría- he tenido la oportunidad de intervenir en un sinnúmero de diligencias, audiencias y procedimientos orales.

Si bien es cierto que parece que el libro está dirigido a los juicios que cuentan con jurado y, además, al aparentemente estar destinado para los abogados que recién empiezan su ejercicio, hay muchas (muchísimas) lecciones prácticas que pude extraer del mismo, además, frases enriquecedoras que me provocaron muchos momentos de reflexión, incluso encontré líneas que me causaron cierto humor, al punto que llegué a escribir “jajaja” en ciertas páginas.

A pesar de la variedad de cosas que pude extraer del libro, quiero compartir las que más resonaron conmigo. La recomendación es que no dejen de leerlo, créanme, será de provecho para estudiantes, abogados nóveles y para quienes ya tienen su recorrido.

Sin mayor introducción, comparto con ustedes lo que más aprendí de este libro.

1.- El juicio es una representación teatral.-

Una idea que se reitera de manera constante a lo largo del texto del libro es que debemos pensar que el juicio es una representación teatral, en este sentido, se indica que la resolución no tratará sobre “la verdad”, sino aquello que se logra demostrar durante el “juicio-representación”, por lo que debemos preparar y cuidar mucho la ejecución del “libreto”. Por ello, Goldberg nos indica: “Es tan pertinente para el proceso como el libreto para la pieza teatral. Pero como todos sabemos, muchos buenos libretos quedaron arruinados por una pésima producción. El aspecto importante que muchos abogados omiten y que ningún director teatral debe ignorar es que la única “verdad” es lo que el público percibe”.

Ahondando sobre el tema, el autor nos recuerda –como consecuencia lógica de la idea de que el juicio es una representación teatral-, que la primera preocupación del abogado frente a un caso es la de conocer los hechos y, la segunda, es mostrárselos bien al jurado (en nuestra realidad, al juez).

Goldberg es claro en el papel que debe tener el abogado en esta representación teatral: el de director. Como tal, el director “está en el centro de la obra, pero no es el centro del escenario”, resaltando que el director tiene a su cargo cosas trascendentales como la escenografía, vestimenta, entre otros, la tarea del director y del abogado, está entre bambalinas, por ello el abogado no está en el centro del escenario.

Esta lección me parece muy importante, ya que los abogados muchas veces debemos luchar contra el ego, que muchos confunden con seguridad y confianza en uno mismo. En nuestro ámbito local toca ver muchas veces abogados que creen que los casos son un espectáculo televisado y han convertido a los programas de farándula en su lugar preferido de debate y opinión. Triste, pero pasa.

2.- Tips para el interrogatorio y contrainterrogatorio.-

A pesar de que ya he dedicado en este blog algunas entradas para el contrainterrogatorio, no me parece superfluo mencionar ciertos tips extraídos de este libro.

Como punto de partida siempre debemos tener presente cuándo estamos ante un interrogatorio y un contrainterrogatorio, ya que el estilo de las preguntas y, además, nuestra participación como abogados va a cambiar dependiendo de esto.

Goldberg nos deja estas ideas sencillas pero útiles:

  • En el interrogatorio directo (ese que realizamos sobre nuestro propio cliente o a un testigo “amistoso”), el abogado “en su condición de examinador es un catalizador importante de un interrogatorio directo eficaz, el testigo tiene a su cargo el principal papel hablado”.
  • Por esto, en este interrogatorio directo, el que domina la escena es el testigo, el abogado debe ocupar un lugar secundario, en todo el sentido de la expresión, incluso en el sentido físico, debe ubicarse en un punto en que toda la atención se centre en el declarante.
  • Ahora, en el contrainterrogatorio del testigo contrario, o de un testigo hostil, la situación cambia. En estas situaciones es el abogado el que debe tener el control de la escena, ya que debe dejar menos espacio al testigo para que se explique, como recomienda el autor “No ayude a su antagonista permitiendo que sus testigos hablen durante las repreguntas”.
  • Se hace para esto una distinción sobre las preguntas abiertas y las preguntas “orientadoras”, que son las que nosotros llamamos “sugestivas”.

Lo señalado se puede resumir en esta regla que la propone el propio Goldberg: “no oriente en el interrogatorio directo, oriente en las repreguntas”.

3.- La cortesía nunca está de más.-

“Muéstrese siempre cortés. La cortesía es el lujo de los que están cómodos”.

“Ningún abogado se perjudicó jamás por haber solicitado permiso y algunos se encontraron en una situación desagradable por no haberlo hecho”.

Estas dos frases me parecen espectaculares, son tan sencillas y elementales y, a pesar de eso (o quizás por eso, quién sabe), suelen ser olvidadas de forma regular.

Creo que los abogados –y en general todos- debemos hacer planas enteras con aquella frase de que la cortesía es el lujo de los que están cómodos. La cortesía no solo demuestra educación, sino que además trasluce confianza en uno mismo y muestra que la situación no nos está superando.

Goldberg recomienda que todos pronunciemos estas palabras para dialogar con los  jueces en alguna diligencia:

  • “Si el tribunal lo permite”, para iniciar cualquier diálogo con el juez. Adaptado a nuestra costumbre puede variar con la fórmula: “con su venia señor juez”, que suelo usar a menudo.
  • “Su señoría”, para intercambiar palabras con el juez.
  • “Gracias, su Señoría”, para finalizar cualquier diálogo con el juez, sin importar la respuesta que se le diera a nuestro pedido.

Sugiero sopesar y balancear estas palabras con uno de los principios que nos proporciona Ángel Ossorio en su decálogo: “No procures nunca en los tribunales ser más que los magistrados, pero no consientas ser menos”.

Para ir cerrando este punto, me quedo con estas reflexiones de Goldberg:

“Evite el lenguaje físico “artificial”. El falso desgano es la fachada usual en el abogado nervioso. El cuerpo recostado en el respaldo de la silla para demostrar falta de interés y el exagerado encogimiento de hombros son ejemplos de este tipo de fachada …. Las muecas, los movimientos de la cabeza y otras “señales” transmitidas mientras el contrario hace algo son al mismo tiempo movimientos antiéticos e ineficaces. Pregúnteselo a cualquier jurado”.

Esto es algo importante. Me ha tocado toparme en audiencias con brillantes colegas, que manejan muy bien la norma procesal y, sin embargo, muestran terribles modales en la sala de audiencias. Hacen gestos exagerados, realizan caras extrañas mientras otro está en el uso de la palabra, todo lo cual suele ser objeto de reprimendas por parte del juez. Es muy llamativo que Goldberg califique como reñido con la ética el hecho de ejecutar una conducta impropia mientras el colega contrario está actuando. A veces, de ver la conducta de muchos abogados que cuentan con una innegable preparación, tienen a su haber varios libros, saco la conclusión de que la educación académica no otorga de por sí la educación personal.

5.- Preparación de testigos.-

En la práctica profesional he invertido muchísimas horas de mi tiempo en realizar lo que llamo la “preparación” de los testigos. Esta preparación comienza con la primera reunión con el cliente, para que me haga conocer si tiene testigos que puedan ser idóneos para el caso. Si se determina que esto es así, solicito que se me entregue los datos de contacto de los testigos, para coordinar una reunión. En la entrevista con el testigo  le explico todo lo que implicará su testimonio (que tiene que decir la verdad, el tiempo aproximado que tomará su testimonio, investigar si tiene la disponibilidad e intención de declarar, entre otras cosas). Acorde con esto, debo tomarme un tiempo para preparar las preguntas directas y las posibles preguntas del contrainterrogatorio. Todo esto toma mucho trabajo y tiempo, dependiendo además de la complejidad del caso.

Goldberg afirma que la preparación del testigo es esencial, para lo cual instruye que los “testigos no “arruinan” la cosas, sólo los abogados lo hacen”. Para desarrollar esta idea, Goldberg se toma varias páginas para ir explicando poco a poco todo lo que tiene que ver con la preparación de los testigos que uno proporcionará al juicio, haciendo hincapié en que es antiético decirle al testigo que mienta, lo cual no es lo mismo que seleccionar los hechos que más convienen para el caso, por lo que el autor concluye “La diferencia entre abstenerse de decir y ocultar es la diferencia entre lo legal y lo ilegal, lo ético y lo antiético”.

Como cierre de toda esta entrada, no me queda más que insistir en la recomendación para la lectura de este libro. Estas líneas son apenas un pálido retrato de la sabiduría que podemos extraer de esta gran obra.

Gracias por la visita.

¿Qué hacer si la persona que tiene que rendir declaración de parte no comparece?

Esta entrada toca un tema que en realidad no es muy complicado, no obstante, me animé a dedicar unas breves líneas sobre esto, por cuanto muchos colegas que defienden y a sea al actor o al demandado, me han preguntado qué pueden hacer ante la situación de que la persona llamada a declarar no comparezca a la audiencia.

Por ello, a manera de guía puntual y práctica, siempre resulta oportuno y provechoso, dejar las ideas en claro.

Sin más introducción, ahí va:

Caso 1: Nosotros hemos solicitado la declaración de parte.

Estamos defendiendo ya sea al actor o al demandado, observamos que la contraparte ha otorgado procuración judicial a su defensor, por ello, deducimos que no tiene intención de rendir la declaración departe. ¿Qué podemos hacer?

Lo primero que hay que tener en cuenta es determinar si en verdad consideramos necesaria para nuestro caso la declaración de parte contraria. Seguro en este momento te has detenido a pensar algo así como ¡No puede ser! ¡CÓMO ES POSIBLE QUE ESTIME QUE NO ES NECESARIA LA DECLARACIÓN DE LA CONTRAPARTE! Pues es así, tal como lo leíste, ya que aunque todo nuestro instinto de litigante nos grite que siempre, siempre, debemos hacer comparecer al contrincante para que someta todo nervioso y envuelto de transpiración brutal interrogatorio… en ciertas ocasiones no será necesario para nuestro caso, es más, puede que incluso que en puntuales situaciones, resulte hasta perjudicial.

Puedo citar ejemplos reales que me han pasado, en los que he decidido no pedir y/o practicar la declaración de parte e igual he tenido un buen resultado:

  • Cuando existen otras pruebas en el expediente que acrediten lo que quiero probar con la declaración. Obvio, para llegar a esta conclusión, debo tener claro desde un inicio qué es lo que quiero probar con la declaración. Si veo que esos hechos ya tienen su sustento probatorio, no tengo porqué insistir con la declaración.
  • Para no retrasar el trámite de un proceso que va marchando bien.
  • Cuando el contrario pueda usar su declaración como arma para atacar y/o fortalecer su tesis. Supongamos que estamos en un caso en que se reclama un daño moral y la contraparte adopta una posición exagerada de víctima desde el inicio. Aquí, considero es mejor no dar pie para que cuente ante el juez su historia, aprovechando nuestras preguntas.

En todo caso,  la necesidad sobre la práctica de la declaración de parte contraria debemos tomarla sobre la base de todas nuestras pruebas, de las de la otra parte; y, en general, cómo se va desarrollando la respectiva audiencia (muchas veces el rumbo que va tomando la audiencia nos obliga a ir tomando decisiones al andar para apartarnos del plan inicial).

¿Qué pasa si decidimos que no es necesaria la declaración de parte?

Partimos de la premisa que la declaración de parte fue pedida en la demanda o en la respectiva contestación. Estas son nuestras opciones:

  • Desistimos de manera expresa de esta prueba. En procedimientos que tienen audiencia única, al momento de formular las pruebas, indicamos al juez que deseamos desistir de esa prueba.
  • No formularla en la audiencia. Cuando nos toque el turno de formular nuestras pruebas, optamos por no formularla, de esta manera, el juez no emitirá resolución sobre esto y el pedido realizado en la demanda, queda sin efecto.

¿Qué pasa si decidimos que sí es necesaria la declaración de parte?

Aquí nos toca entonces hacer en la misma audiencia un pedido fundamentado al juez, para convencerlo de que la declaración es  una prueba trascendental. (Art. 177.2 del COGEP). En esto, siempre me ha servido tener antes de la audiencia, el argumento listo para exponerlo ante el evento de que no comparezca en persona la parte contraria.

¿El juez niega esta petición?

  • Sí: Entonces debemos apelar en efecto diferido.
  • No: (1) la audiencia se suspende; (2) se señala fecha, día y hora para continuar la audiencia; y, (3) se emite orden de apremio para que el declarante comparezca por la fuerza pública al nuevo señalamiento.

Caso: 2.- Solicitan la declaración de parte de nuestro cliente, quien no ha comparecido.

En este caso, en cambio estamos defendiendo el escenario contrario. No queremos que se lleve a efecto la declaración de nuestro cliente.

He tenido casos en los que los abogados, al observar que no está presente mi defendido, deciden desistir de la declaración de parte (por ahí tuve un caso de un colega que quería que se lo declare confeso, confundiéndose con la extinta confesión judicial del Código de Procedimiento Civil). Sin embargo, es bastante probable que la contraparte insista en la declaración, entonces, ¿qué podemos hacer?

En este escenario debemos tener en cuenta lo siguiente:

  • Estar atentos a la fundamentación del pedido de declaración del patrocinador de la contraparte. ¿Está bien fundamentado el pedido? ¿Son suficientes los argumentos para considerar como “trascendental” para el caso la prueba? Si el pedido no está bien fundamentado, podemos limitarnos a hacer notar al juez que no se ha fundamentado el pedido, lo cual es un signo evidente de que la declaración no trascendental  y, por ende, que el pedido sea rechazado.
  • En cambio, si el pedido está bien fundamentado, debemos presentar nuestros propios argumentos para rebatir esto y convencer al juez de que la declaración como tal, no tiene trascendencia para la causa. Para ello, podemos analizar al propio relato de la demanda (a lo mejor nuestro cliente no tuvo que ver con los hechos expuestos en l a demanda), o con los puntos de debate fijados; o, ya están en el expediente otras pruebas que hacen inútil la declaración de nuestro cliente.

Si el juez acepta el pedido de declaración de parte, podemos apelar en efecto diferido por supuesto. Si no se acepta la declaración, es la contraparte la que puede apelar, con el mismo efecto.

Bueno, espero estas líneas les sean de utilidad.

Gracias por la visita.

¡Hablar de honorarios con el cliente! Tarea siempre delicada.

Estás en tu oficina en una reunión con un nuevo cliente con quien estás tratando un caso que suena bastante interesante y además, con muchas probabilidades de éxito. A la par, vas pensando en las diligencias que tendrás que llevar a cabo –recabar pruebas, testigos, documentos, entre otras-, el tiempo que te tocará invertir y, sobre todo…. los honorarios. De repente, terminan de conversar sobre el caso y se instala un silencio repentino, porque aunque el cliente y tú no lo digan, llegó el momento de hablar sobre honorarios.

Luego de un poco más de diez años en el libre ejercicio de la profesión, lamento en verdad que en la facultad no se haya impartido al menos un taller práctico sobre los honorarios de una manera técnica (fijación, diversas modalidades de contratación, cronograma de pagos, etc.). Recuerdo que la única referencia sobre este tema, fue la que hizo un profesor en ciclo básico –primer semestre de carrera-, en la que nos dijo: “cuando sean abogados, acostúmbrense a cobrar el cincuenta por ciento de sus honorarios al inicio”. Y eso fue todo en los cinco años que duró la carrera.

Siempre resulta un poco incómodo hablar de honorarios (más aún cobrarlos), he visto a muchos colegas tratar el tema con una frialdad pasmosa y hasta cierto punto, admirable. Sin embargo, este es un punto que siempre puede crear un poco de incomodidad entre el abogado y el cliente. En mi experiencia me ha tocado lidiar con clientes respetuosos y conscientes del tiempo que como profesional uno se toma para atender un asunto y, con suma delicadeza hasta con anticipación preguntan por el costo de la consulta; hasta los del otro extremo, personas que acuden al despacho solicitando que se les redacte una pequeña “acción de protección”, que seguro no tomará más de diez minutos y, por supuesto, no quieren gastar ni un centavo  (tomado de la vida real). Por suerte, la gran mayoría se encuadran en el primer ejemplo.

Si se nos hace complicado introducir el tema de los honorarios con el cliente –o posible cliente-, recomiendo mucho dos tips proporcionados por el abogado español Alfred Font Barront, en su libro, “Las 12 leyes de la negociación. O eres estratega o eres un ingenuo”. En concreto el autor señala que a menos que el interesado en nuestros servicios represente a una ONG sin fines de lucro, siempre debemos tratar acerca de los honorarios profesionales, para lo cual sugiere estas dos fórmulas que no son invasivas (parafraseo un poco):

  • Indicar al cliente lo siguiente: “Para que tengan una idea de clara de lo que esto puede costar, ¿quieren que les señale el costo de los honorarios?”.
  • Otra buena frase: “¿con qué presupuesto aproximado cuentan para mi intervención en este asunto?”

Por otra parte, de mi experiencia puedo sugerir las siguientes:

  • Celebrar contratos de honorarios con los clientes, dejando establecidos los cronogramas y otras condiciones, como el tema de los gastos por copias, traslados, certificación de documentos, entre otras. Esta entrada del abogado Óscar León es muy útil http://oscarleon.es/las-estipulaciones-esenciales-de-la-hoja-de-encargo-del-abogado/
  • A pesar de que en la práctica es difícil anticipar cuánto tiempo (expresados en horas), tomará un determinado litigio, he podido percatarme de lo siguiente: (1) siempre una audiencia tardará como mínimo una hora, cuando son casos sencillos; (2) preparar una prueba testimonial toma un aproximado de dos horas por testigo, teniendo en cuenta tanto la elaboración de preguntas como la explicación correspondiente; (3) se toma al menos una hora en la elaboración de preguntas para un solo contrainterrogatorio; (4) la preparación de una declaración de parte, toma al menos cuatro horas. Todo eso, claro, sin contar la preparación de las intervenciones de las audiencias –alegatos, réplicas y demás-.

En fin, espero estos consejos sean útiles.

Gracias por la visita.

Entrevista con Óscar Fernández León, abogado, escritor, capacitador, expositor, tuitero, bloguero y… guitarrista de la banda “Los Imputables”.

Hay quienes sostienen que las redes sociales son una pérdida de tiempo y que sirven para muy poco. En lo personal, discrepo de esto ya que, si bien es cierto un uso no responsable de las redes sociales  nos puede llevar a perder varias horas laborales,  no hay que perder de vista que en ellas podemos encontrar valiosas personas que las usan para aportar con sus conocimientos.

Hace un par de años me topé en la tuitósfera a Óscar Fernández León (@oscarleon_abog), desde un inicio me convertí en un lector incondicional de sus artículos y reflexiones que los encontramos en http://www.oscarleon.es . Lo que más resalto siempre de Óscar (que por otro lado, es bastante accesible, no lo he podido conocer en persona, pero me parece que es un tipo agradable, con quien me podría quedar conversando horas sobre anécdotas de la profesión), es su afán por compartir sus conocimientos con los colegas y transmitirlos de una manera muy clara.

Por ello, desde hace algún tiempo tenía pensada la idea de conocer un poco más la titánica labor de Óscar con una entrevista y publicarla en mi blog. Óscar, con su siempre buena disposición, accedió de inmediato y aquí la pongo a su consideración. Créanme, no tiene desperdicio y nos deja incluso algunas frases para la posteridad como aquella que dice: “…cada vez que voy a juicio me pongo de los nervios, y el día que no me ponga…me retiro.”

Sin mayor introducción, con ustedes la entrevista al abogado Óscar Fernández León. Espero la disfruten tanto como yo.

¿Qué es lo primero que analizas antes de decidir si tomas un caso?

En primer lugar, considero que el abogado tiene absoluta libertad para aceptar el encargo profesional y, lógicamente, para rechazarlo, si bien a la hora de tomar una decisión de esta trascendencia tendrá que analizar el asunto desde un punto de vista ético y moral, siguiendo lo que le diga el dictamen de su propia y recta conciencia. Por lo tanto, nos encontramos ante una decisión interna, vinculada al propio profesional y fruto de un análisis de los fundamentos y condicionantes que fraguan su personalidad, decisión que, al provenir de la conciencia de cada uno, pertenece a su intimidad y entiendo no debe ser sometida a juicio externo.

Dicho esto, cuando atiendo a un cliente que me va a encargar un caso, siempre lo hago con ilusión, convencido de que aceptaré, pues creo fervientemente en que nuestra función es ayudar a todo justiciable que necesite de nuestros servicios. Ahora bien, si durante la entrevista compruebo que el asunto se encarga con un objetivo exclusivo de venganza, abuso, o se pretende que planteen demandas frívolas o capciosas, etc., suelo rechazarlo. En este sentido, aplico la reflexión de David Hoffman, que nos dice “No tomaré ninguna causa inspirada por la envidia, el odio o la malicia a la contraparte”

Fuera de estos casos, y en relación con casos mediáticos en los que ya se ha condenado previamente al investigado por la opinión pública, creo poderosamente el gen profesional del abogado, íntimamente vinculado a su papel de máximo exponente del derecho de defensa y sabedor del derecho que corresponde a todo ciudadano a un juicio justo y a su  inocencia mientras no se demuestre lo contrario.

¿En qué momento consideras que es mejor hablar a los clientes sobre honorarios?

Sin lugar a dudas al principio de la relación, concretamente cuando van a realizar el encargo. Hay muchas razones que justifican esta postura, pero si tuviera que sintetizarlas te diría que el cliente tiene el derecho a conocer el importe de los honorarios (lo necesita) y nosotros de cumplir con los principios de transparencia y previsibilidad que rigen en esta materia. Por otro lado, soy un ferviente defensor de la realización de un pago importante de los honorarios al comienzo de la relación profesional para atender el importantísimo trabajo que desarrolla el abogado al comienzo de la misma.

Admiro mucho la gran labor que haces para compartir tus conocimientos con los colegas, lo que conlleva además estar actualizado, escribir para tu blog, para tus libros, además tomando en cuenta que también te dedicas a ejercer la profesión; por ello, la pregunta es, ¿Cómo haces para organizar tu tiempo y que alcancen todas las cosas? (a veces pienso que debes tener un clon que te ayuda a compartir tus tareas).

Bueno, esa es la gran pregunta que me hacen muchos colegas… Soy de los que pienso que cuando amas algo, el entusiasmo hace que tus acciones se multipliquen y seas más productivo. Por otro lado, además de disponer de un gran apoyo en casa (me dejan hacer), aprovecho el mínimo hueco para dedicarlo a estudiar, escribir, participar en las redes, etc., y lo más importante, gracias al trabajo que llevo realizando en este campo desde 2011 (fecha de mi primer libro), dispongo de mucho material propio que aprovecho y, por tanto, facilita enormemente todos los proyectos en los que me embarco.

¿Cuáles son los beneficios concretos más importantes para la profesión que has podido encontrar en las redes sociales? Pregunto esto por cuanto a través de redes sociales he conocido a valiosos profesionales y me encontré con tu blog, que para mí es de obligada consulta, al menos una vez a la semana.

Personalmente, las redes sociales me han ayudado a poner los pies en el suelo y comprobar que mis experiencias profesionales tienen eco en las de otros compañeros, quienes, a su vez, han vivido situaciones similares. Esto reconforta y hace que creemos una comunidad de experiencias muy enriquecedora. Por otro lado, las redes me han ayudado a conocer a muchísimos colegas nacionales e internacionales (que jamás soñé conocería), especialmente de Latinoamérica, lo que ha sido verdaderamente emocionante. De hecho, ya estoy colaborando en algún proyecto con estos compañeros.

Si tuvieras la oportunidad de encontrarte con un joven Óscar Fernández León, al inicio –o quizás a la mitad de la carrera-, ¿qué le dirías sobre lo más bonito y lo más feo de la profesión del abogado?

¡Sería una experiencia impagable! Pues lo más bonito es esa fuerza interior que nos permite superar los constantes desencuentros que se producen en un contexto lleno de contradicciones; soledad, frustración, ira, etc. quedan en un segundo plano gracias a nuestro empeño por seguir creciendo (y esto tiene mucho mérito). De hecho, a veces miro atrás y me pregunto ¿Pero cómo es posible que hayan pasado tantos años y sigas aquí?… ¿Lo peor?, lo que motiva esa frustración, como es la sentencia desfavorable que te llega tras años de esfuerzo en los que te has dejado tu vida, la incomprensión de tu cliente, las angustias por el pertinaz impago de los honorarios, etc., y esa soledad que sentimos muy a menudo…

¿Qué consejos darías a los abogados en plena actividad sobre tratar de encontrar un equilibrio entre la vida personal y profesional?

Creo que ese equilibrio es muy importante, yo diría que esencial para la moderna abogacía.  En mi opinión, si tienes la opción de elegir (pues quizás estés en un despacho de otro abogado y no exista esa posibilidad), es fundamental ir estableciendo unos horarios del despacho que te permitan disponer a diario de un tiempo para tu vida personal (aquí le llamamos horario europeo); igualmente, la libertad de horarios (no estar sometido a un horario rígido), el teletrabajo y mucha organización en todo lo que haces pueden contribuir a dicho objetivo.

¿Qué disfrutas más, la academia o el ejercicio de la profesión?

Para mí, la actividad central es mi ejercicio en el despacho; la docencia, es un complemento maravilloso, pues después de años de ejercicio poder transmitir a los jóvenes abogados mis experiencias profesionales y técnicas para mejorar sus habilidades es un sueño para cualquier abogado (al menos eso pienso), máxime cuando sigo en la trinchera diaria como buen abogado de meseta. Pero respondiéndote a la pregunta, ambas prácticas me llenan y, hoy por hoy, no me atrevería a abandonar una por la otra.

¿Consideras que las habilidades del abogado pueden pulirse? ¿Crees por ejemplo, que un estudiante con pánico escénico pueda llegar a convertirse en un buen abogado?

Absolutamente. El abogado no nace, se hace, y la grandeza de la profesión es que aunque aterrices en la abogacía con una gran carencia de habilidades, recibir  una formación y una autoformación permanente, y aprovechar la mínima experiencia para aprender, puede convertirte en un magnífico abogado.

Lo del pánico escénico, lo hemos tenido todos, y se supera, aunque no del todo, porque cada vez que voy a juicio me pongo de los nervios, y el día que no me ponga…me retiro.

¿Cuál es el libro jurídico al cual siempre regresas a consultar a pesar del tiempo?

Me vas a permitir que te cite tres libros: Técnica del Informe ante Juzgados y Tribunales (Arturo Majada), El Alma de la Toga (Ángel Ossorio y Gallardo) y Abogacía y Abogados (José María Martínez del Val). El primero, un magnífico compendio de oratoria forense, y los segundos, verdaderos tesoros sobre la práctica del abogado.

¿Consideras que la vestimenta es importante para el rol del abogado?

Hoy en día, la imagen que transmitamos es primordial, ya que ayuda a resaltar nuestra personalidad, siendo aquella el elemento que determina la primera impresión que causemos en los demás. Un buen abogado debe proyectar una imagen de seriedad, responsabilidad y confianza. Ahora bien, cuando hablamos de imagen, mejor dicho, de buena imagen, hemos de apartar el pensamiento de ideales de belleza, pues en estos casos nos estamos refiriendo simplemente a seguir unas reglas y normas sencillas en el vestir y en el aseo que nos permitan mostrar una imagen normal que no llame la atención, pero que resalte los aspectos indicados.

Una última pregunta, ¿tienes algún hobby?

Bueno, la verdad es que tengo muchos, pero hoy por hoy es la música. De hecho, pertenezco a un grupo de rock, “Los Imputados” y toco la guitarra (naturalmente, somos aficionados y tocamos por puro placer). Lo nuestro son temas de los Rolling, Beatles, The Who, The Doors, etc. Buena música, vaya.

Pero Alfredo, no me preguntes de donde saco el tiempo para los ensayos…J

 

 

Cómo preparar y ejecutar un contrainterrogatorio (desde mi experiencia)

En entradas anteriores había compartido los consejos sobre el contrainterrogatorio que nos han legado experimentados abogados norteamericanos como Irvin Younger y F. Lee  Bailey. El día de hoy quiero en cambio poner a consideración del lector la manera en que preparo mis diligencias de contrainterrogatorio, con el objeto de dar una visión real y práctica de este aspecto que es muy importante en nuestra profesión.

Nunca está de más leer, estudiar y aprender sobre el contrainterrogatorio, el cual ha tomado más protagonismo con la implementación de las declaraciones en las audiencias, que nos permite realizar preguntas durante la propia declaración, la cual se rinde con presencia de las partes y el mismo juez (aún recuerdo esas épocas del Código de Procedimiento Civil en que las preguntas y las llamadas repreguntas, debían presentarse con anticipación, por escrito y eran receptadas muchas veces por un ayudante del juzgado). En lo personal, me puedo dar cuento de lo bien o mal preparado que está un abogado por la manera en que formula las preguntas, es decir, si no sustenta su pregunta en hechos sino en opiniones, si hace preguntas sugestivas cuando no debe hacerlo, cuando tarda demasiado tiempo en realizar una nueva pregunta, entre otras cosas.

Desde mis primeras audiencias iba con un listado de preguntas elaboradas previo a la diligencia, lo que implica todo este trabajo:

  • Leer bien la demanda y la contestación de la demanda.
  • Ir anotando aparte los hechos importantes expuestos por las partes.
  • Para contrainterrogar, trato de ubica puntos donde pueden existir contradicciones.

Si se hace bien la tarea uno terminará con un listado de preguntas que no son impertinentes, ni capciosas, ni subjetivas, ni que violenten alguna norma legal ni constitucional.

Ahora, llegado el momento de la práctica del contrainterrogatorio debo admitir que todas las preguntas las formulaba desde mi asiento en la sala, leyendo las preguntas y anotando las respuestas que iba dando el declarante. Estos apuntes me servían para tratar de incluir algo útil en mi alegato final.

En mis primeras audiencias, en muy escasas ocasiones me desapegaba de las preguntas que ya había realizado; con el tiempo, al estar ya mucho más afianzado en el litigio, aprendí a tenerme confianza para realizar preguntas no planificadas en un primer momento, aprovechando incidentes cuando el caso lo ameritaba, como cuando el declarante contrario realiza una afirmación que nada tiene que ver con el caso que ha planteado, por lo que podía explotar esa circunstancia para procurar desacreditarlo.

Esta técnica me parecía la ideal… y la seguiría empleando si no fuera por el libro “Cómo se ganan los juicios. El Abogado Litigante”, del ya mencionado F. Lee Bailey, sobre el cual ya he tratado en este blog (https://alfredocuadros.com/2018/03/16/reglas-para-el-contrainterrogatorio-propuestas-por-f-lee-bailey/ ). Como ya se conoce, Bailey es un abogado litigante norteamericano con dilatada carrera, con mucha experiencia en los contrainterrogatorios y, con esa autoridad que confiere la experiencia exitosa, aconseja no leer las preguntas durante esta diligencia y, sobre todo, no anotar las respuestas mientras el declarante las va formulando.

  1. Lee Bailey es radical en sus recomendaciones, las cuales pueden resumirse en estas:

– No leer las preguntas del interrogatorio.

– El abogado debe tener sus manos libres.

– Tratar de no empezar a buscar documentos durante la formulación de las preguntas, esto solo hará perder tiempo.

– No hay que quitar los ojos del declarante, esto para ir midiendo y tanteando su lenguaje corporal, determinar el grado de nerviosismo, vacilación, etcétera. Por ello, es lógico que entre leer preguntas y anotar las respuestas, se perderán valiosos segundos.

– Para esto, debemos tener en nuestra cabeza los detalles del caso, en otras palabras, debemos poner en ejercicio nuestra memoria.

En palabras de Bailey “El interrogador debe tener la cabeza llena de una multitud de datos y de información, obtenidos de cualquier declaración previa que haya hecho el testigo… además debe tener una imagen clara de los detalles de la escena del acontecimiento si es que hubo alguno. Sus manos tienen que estar libres la mayor parte del tiempo, y sus ojos tienen que estar clavados en el testigo. Si necesita consultar constantemente notas u otros materiales escritos, entonces sacrificará algo esencial: la velocidad.”.

Por ello, ahora sigo esta mecánica:

  • Identifico los hechos sobre los que declarará el testigo. Para esto, hay que recordar que la actual norma procesal ayuda, ya que el COGEP obliga a quien pide un testimonio, incluir los hechos sobre los que versará el mismo, de manera que ya podemos ir armando nuestras preguntas con esta información.
  • Los voy dividiendo por temas. Ejemplo, en un caso que me tocó defender un juicio por una supuesta estafa (estaba defendiendo a la procesada), tenía la oportunidad de contrainterrogar a dos peritos que se habían limitado a realizar la famosa pericia de reconocimiento de lugar de los hechos, lo cual no incluía el núcleo del debate principal, que era la supuesta alteración de una firma en un cheque. Solo como antecedente, el caso que se proponía por la acusación era que mi cliente había pagado una mercadería que consistía en ropa al denunciante, que se autodefinía como comerciante de prendas de vestir, con un cheque el cual fue firmado por mi defendida, pero que ella había de manera intencional alterado sus rasgos, para que el cheque no pueda ser pagado. Entonces, dividí las preguntas a los peritos en estos temas: (1) su labor específica en sus pericias de reconocimiento de lugar de los hechos; (2) si tenían especialidad o estudios en temas de rasgos de firmas, esto ya que a pesar de no ser un penalista a tiempo completo, la lógica me llevaba a concluir –entre otras cosas-, que al menos se debería contar con un peritaje que señale que los rasgos de la firma que se encontraban en el cheque fueron realizados por mi defendida; (3) investigaciones respecto del cheque –aquí logre que ambos digan que nunca vieron el cheque original, que se limitaron a sacar copia de la otra copia que había sido aparejada a la denuncia; (4) si habían requerido información al banco sobre el cual se giró el cheque. Al final, en apelación, obtuve una sentencia favorable para mi cliente.
  • Si tenemos identificado los temas durante la diligencia, les aseguro que facilita mucho empezar a realizar preguntas, incluso irlas improvisando conforme se vaya dando una u otra respuesta.
  • No anoto las respuestas; eso sí, ni bien termina la declaración, anoto lo que parece más importante, mientras mis recuerdos están frescos.
  • Es de mucha ayuda contar con un asistente que se encuentre en sala que vaya siguiendo los temas de las preguntas, para que nos pueda hacer una seña acerca de que si faltó un punto por cubrir y, además, que vaya anotando las respuestas, para que nos lo pueda poner a disposición sus anotaciones ni bien culmina la declaración.

He utilizado este método en unas cuatro audiencias y en realidad sirve, incluso, poco a poco podremos notar que empezamos a manejar la velocidad del contrainterrogatorio, dejando menos espacio a que el testigo pueda imponer su ritmo.

Esto es algo que puedo compartir sobre este tema. ¿Tienen ustedes alguna otra técnica o paso a seguir que quieran compartir? Sería de mucha utilidad compartir experiencias.

Gracias por la visita.

Los 10 mandamientos para el contrainterrogatorio de Irvin Younger.

Siguiendo con la línea trazada en entrada anterior, en la que toqué las recomendaciones para el contraingerrogatorio por parte de F. Lee Bailey (que puedes consultar aquí https://alfredocuadros.com/2018/03/16/reglas-para-el-contrainterrogatorio-propuestas-por-f-lee-bailey/ ), he decidido compartir las recomendaciones que sobre este mismo tema realizó en el momento Irvin Younger (1932 – 1988), otro prominente abogado norteamericano que dedicó gran parte de su vida profesional y académica a impulsar la excelencia en el ejercicio de la profesión.

Quizás el aporte más conocido de Younger para la actividad litigiosa es aquella charla que bautizó como “Los diez mandamientos para el contrainterroagorio” (The ten Commandments of Crossexamination), con la que proporcionó muchos consejos bastante útiles para ser usados durante el juicio, los cuales a pesar de estar pensados para la práctica jurídica norteamericana, bien pueden ser aplicados –con las obvias diferencias- en nuestras diligencias de contrainterrogatorio ya sea de parte o testigo contrario; e interrogatorio directo del testigo hostil.

Irvin Younger aclaró que estas reglas las agrupó en diez para darles un mayor sentido y que, conforme se verá, muchas de ellas pueden ser repetitivas, por lo que bien pudieron agruparse una o más en una solo y además, que no tienen un orden especial.

Dicho esto, paso a poner a su consideración estos diez mandamientos.

Primero: Hacer preguntas breves

Las preguntas que realizamos en el contrainterrogatorio deben ser cortas, abarcar solo un hecho. Recordemos incluso que el COGEP prohíbe hacer preguntas compuestas, que son aquellas que contienen más de un hecho, lo cual puede llevar a confusión.

En lo personal, reconozco que muchas veces es muy complicado hacer solo preguntas cortas; sin embargo, se logra mucha dinámica y se puede manejar mejor el tiempo entre pregunta y respuesta.

Segundo: Preguntas cortas, lenguaje claro.

Este mandamiento está pensado para el sistema de los juicios con jurado. Younger resaltaba que la mayoría de miembros del jurado son personas que no tienen conocimiento de leyes, por lo que había que tener siempre presente no usar ni abusar de los tecnicismos que tanto nos gusta a los abogados.

Sin perjuicio de lo indicado, esta regla es igual provechosa para nuestros juicios, ya que el hecho ser lo más claros posibles en nuestras preguntas, llevará a realizar un interrogatorio más ordenado y con menos interrupciones.

Tercero: Todas las preguntas deben ser sugestivas.

Algo que también ya habíamos comentado al hablar de las reglas de F. Lee Bailey. Irvin Younger menciona que en el interrogatorio es el abogado el que lleva la melodía, no el testigo. Precisamente, realizar preguntas sugestivas (sí, aquellas que ya sugieren la respuesta), es una regla de oro para contrainterrogar, porque se entiende que no debemos darle la facilidad al testigo contrario de que se explique con sus respuestas.

Por ello, Younger desaconseja con todas sus fuerzas el realizar preguntas tipo “¿Por qué? ¿Qué pasó después?”, al contrainterrogar, ya que esto es un cheque en blanco para que el testigo se extienda en sus respuestas.

Cuarto: Solo preguntar aquello sobre lo que conocemos la respuesta.    

Esto también lo aconseja F. Lee Bailey y no es coincidencia. El contrainterrogatorio no una fishing expedition, como dicen los norteamericanos, aludiendo a que esta no es una diligencia para ver qué podemos pescar. Se entiende que para ese punto ya debemos tener muy identificados los hechos y, sobre todo, lo que queremos obtener de cada testigo.

El contrainterrogatorio no es una diligencia para descubrir nuevos hechos, es el momento para tratar de ganar puntos ante el juez con nuestro manejo del testigo y de las circunstancias importantes del debate jurídico.

Quinto: Escuchar las respuestas del testigo.

Aquí Younger nos indica que tenemos que escuchar lo que dice el testigo al contestar nuestras preguntas. Esto implica atender lo que nos dice, para saber si estamos logrando nuestro objetivo.

En la práctica suele pasar mucho que estamos tan enfocados en nuestra parte, en nuestras preguntas, que no escuchamos en verdad lo que dice el testigo, lo que nos lleva a no atender lo que responde el declarante porque estamos pensando en la siguiente pregunta.

Sexto: No pelearse con el testigo.

Una de las peores cosas que podemos hacer es ponernos a discutir con el testigo. He visto cómo colegas se ponen casi que “de tú a tú” con un testigo e incluso me ha pasado y créanme, se ve mal, está mal y nos hace perder puntos con el juez, además de que nos lleva a desperdiciar preguntas y tiempo que bien podemos emplear para algo más beneficioso para nuestro caso.

Séptimo: No permitas que el testigo repita sus respuestas.

Si durante el interrogatorio directo el testigo contrario ha afirmado y explicado algo que no nos beneficia, lo peor que podemos hacer es volverle a preguntar sobre lo mismo, porque lo más seguro es que lo reiterará con mayor seguridad.

Irvin Younger sobre esto decía algo así como: si se escucha una vez puede que la gente lo crea; si se lo escucha dos veces, se lo creerán; si lo escucha tres veces, se creerá más y, si está por escrito, se lo considerará como un dogma escrito en piedra.

Salvo que se tenga una prueba irrefutable y palpable sobre que el testigo ha mentido de manera descarada (afrontémoslo, muy pocos casos en la vida real se dan este tipo de situaciones y que sean comprobables al momento), no hay que volver a preguntar lo que ya dijo, esto solo hará que ante el juez el testigo contrario tenga mayor credibilidad.

Octavo: No permitas que el testigo se explique.

Esto tiene que ver con las preguntas sugestivas sin lugar a dudas. Se busca hacer preguntas cerradas en el contrainterrogatorio y para el testigo hostil, teniendo siempre en mente que en estos actos no buscamos que el testigo rinda una larga declaración, sino que en lo posible, se limite a contestar sí o no.

Esto suele ser muy difícil ya que en la mayoría de ocasiones, los jueces permiten que el testigo explique con sus palabras lo que se pregunta; sin embargo, con una técnica adecuada y preparación, se pueden obtener resultados muy interesantes.

Noveno: No preguntar de más.

Saber detenerse es algo primordial para el abogado. Debemos tener muy, muy bien identificado lo que queremos lograr con cada testigo para que, cuando lleguemos a la meta saber parar, ya que si seguimos preguntando puede llevarnos a perder todo el buen trabajo que se logró con las interrogantes anteriores.

Se suele citar en esto un ejemplo muy común. En un juicio por lesiones en el que se busca sancionar a una persona por haber arrancado de un mordisco la oreja a otra persona (tipo Mike Tyson), se da este intercambio entre el abogado defensor del acusado y el testigo principal de la fiscalía:

Abogado: ¿vio usted cuando el acusado mordió la oreja a la víctima?

Testigo: En realidad no lo vi.

¡En vez de parar y retirarse con esa ventaja el abogado continúa!

Abogado: ¿Cómo entonces puede asegurar que mi defendido mordió la oreja de la víctima si usted asegura no lo vio cuando supuestamente la mordió?

Testigo: Porque en cambio vi muy claramente cuando su defendido la escupió…

Décimo: Dejar el argumento para el alegato.

En este último mandamiento, Younger aconseja dejar el argumento para nuestro alegato. Esto es, si queremos usar una respuesta del testigo para probar algo, o para refutar o argumentar un punto a nuestro favor, no debemos hacerlo en el momento del interrogatorio, sino que debemos guardarlo para explicarlo en el alegato final.

Estos fueron todos los mandamientos, espero sean de provecho.

Gracias por la visita.