Las técnicas del “Looping” en el contrainterrogatorio según lo explica Gonzalo Rua.

Aprovechando la última Feria del Libro que se desarrolló este año en Guayaquil, tuve la oportunidad de adquirir algunos textos interesantes, uno de los cuales fue el libro “Contraexamen de testigos”, del autor argentino Gonzalo Rua (Editorial Didot, 2014, Buenos Aires).

No hacen falta tener las facultades de observación y deducción de Sherlock Holmes para concluir cuál es el tema principal que se desarrolla en la obra en referencia -digamos que el título es revelador y que contiene spoilers del contenido-. Por ello, considero importante no centrarme en esta entrada en ciertos conceptos introductorios que encontramos en el libro en cuestión, sino más bien sobre algunas ideas principales, con especial énfasis en tips útiles para un buen contrainterrogatorio, además de la denominada técnica del looping.

La primera idea que extraigo del libro es una que todo abogado litigante debe seguir durante el juicio. Teniendo en cuenta que todo juicio es, a la larga, una confrontación de versiones entre el demandante y accionado, lo que siempre nos debe guiar es nuestra teoría del caso, que en palabras sencillas es aquella versión que proponemos ante la autoridad judicial respecto a los asuntos sometidos a su consideración; o, como bien lo expresa el autor: “En el juicio, el trabajo del litigante está centrado en presentar historias o extractos de historias (resultado) que persuadan a un tribunal sobre la credibilidad de nuestra teoría del caso, esto es, nuestra hipótesis sobre lo ocurrido” (sic).

Es por ello que todo contrainterrogatorio debe tener como guía nuestra teoría del caso, es más, toda nuestra actividad en el juicio debe tener como única finalidad instrumentar actuaciones que tiendan a fortalecer nuestra teoría del caso. De aquí parte la segunda idea principal del libro: saber si es pertinente o no realizar el contraexamen a un testigo contrario. De esto, se extrae de que no siempre es necesario que un abogado contrainterrogue al declarante, incluso en ciertos casos puede resultar contraproducente para nuestro caso, por algo el afamado abogado litigante F. Lee Bailey -que formó parte del dream team que defendió a O.J. Simpson-, opina que solo los abogados sazonados, con experiencia, valor y confianza en sí mismos, se atreven a ponerse en pie para expresar ante la sala la frase sacramental de “no hay preguntas, su Excelencia”, o cualquiera de sus equivalentes.

Entonces, ¿cómo podemos saber si nos conviene o no contrainterrogar al testigo? Recordemos que por lo general la audiencia se desenvuelve en un ritmo rápido, en donde como abogados muchas veces debemos recalcular y replantearnos los pasos a seguir. Aquí, el autor nos da estos lineamientos (que me permito parafrasear, aunque la noción está ahí):

  • Siempre tener clara nuestra teoría del caso.
  • Una vez desarrollado el interrogatorio directo, por parte del abogado de la contraparte, debemos hacernos estas dos preguntas: ¿El interrogatorio directo ha dañado nuestro caso?; y, luego, ¿tenemos algún punto para atacar la credibilidad del testigo o el testimonio?
  • Solo si las respuestas a ambas preguntas son positivas, debemos proceder con el contraexamen.

Todo esto tiene su lógica, ya que por un lado si en el interrogatorio directo el testigo no dijo nada que pueda contradecir nuestra teoría del caso, resulta inoficioso que procedamos a contrainterrogarlo (incluso, puede que el testigo se “acuerde” de algo e intente introducir información perjudicial bajo nuestro turno en las preguntas); y, por otro lado, si el testigo nos ha hecho daño -en sentido figurado-, pero no tenemos información o algo palpable para atacar -una vez más, en sentido figurado- ya sea su credibilidad o lo que él ha dicho, nuestro contrainterrogatorio no será contundente y terminará por cimentar el testimonio inicial a los ojos de juez. (Para encontrar técnicas concretas de ataque al testigo y al testimonio, recomiendo adquirir la obra sobre la trata esta entrada, en donde se explican bien ambas cosas).

Antes de entrar a tocar la técnica del looping, paso a desarrollar dos tips súper breves que además debemos aplicar en los contrainterrogatorios:

  • Toda pregunta debe ser sugestiva.
  • El contraexamen es más como un check list, debe funcionar como una verificación paso por paso de hechos y circunstancias que tenemos que ir confirmando o negando con el testigo contrario. (Por eso, las preguntas deberían ser de tipo: “Usted salió esa noche a las 21h00, ¿correcto? A esa hora todo estaba oscuro en la calle, ¿es verdad?).

Ahora, pasaré a una corta explicación de las técnicas del looping (para más detalle, una vez más, recomiendo consultar la obra sobre la cual trata esta entrada).

1.- El looping.-

Tenemos el looping como tal. Aquí, el abogado intenta enlazar una idea importante durante la mayor parte de su contrainterrogatorio, se trata de “buscar una respuesta y, una vez obtenida, trabajar con ella para unirla con otras nuevas líneas de interrogación”.

Veamos un ejemplo, basado en una situación que me tocó pasar:

Imaginemos que nos toque contrainterrogar a un testigo, con cuya declaración se trata de acreditar daños sicológicos, de salud y morales del demandante. Sin embargo, este testigo no es perito, no es médico y en general, no posee conocimientos técnicos ni científicos para determinar estas circunstancias (de hecho, el testigo es abogado). Esta sería la técnica de un looping exitoso que podemos aplicar para este escenario:

  • P: Señor, usted no es perito acreditado para establecer si una persona sufrió de daño moral, ¿verdad?
  • R: No soy perito, hablo por lo que conozco al demandante hace varios años.
  • P: Entonces, a pesar de no ser perito acreditado, ¿usted afirma que el demandante sufrió daño moral?
  • R: Bueno… sí.
  • P: A pesar de no ser perito acreditado, ¿usted sostiene que el demandante sufrió daños en su salud, verdad?
  • R: O sea, sí.
  • P: A pesar de no ser perito acreditado, usted se mantiene en que el demandante tuvo problemas sicológicos por lo sucedido, ¿es correcto?
  • R: En teoría, así es…

Como se ve, la idea que se pretende enlazar -producto de una respuesta- es que el testigo no tiene acreditación para dar fe sobre los daños sicológicos o en la salud del demandante, por lo que con esa idea iniciamos toda una serie de preguntas, para resaltar esto ante el juez y acreditar nuestro punto de mejor forma.

2.- Looping doble.-

Aquí se busca, mediante el contrainterrogatorio, destacar dos hechos que sirven para nuestra teoría del caso. Me permito transcribir el ejemplo puesto en el libro del autor Rua para graficar mejor esta técnica.

“ P. Ud. atacó a la víctima, ¿no es verdad?

  1. Bueno, sí…
  2. Y Ud., al momento de atacarla tenía un cuchillo.
  3. Sí era solo un cuchillo.
  4. Y la víctima no tenía armas, ¿no es cierto?
  5. Yo creí que…
  6. Discúlpeme, no le estoy preguntando sobre lo que Ud. creyó. Mi pregunta es bien simple. Le estoy preguntando si la víctima tenía armas.
  7. No, no tenía.
  8. Entonces Ud. atacó con un cuchillo a la víctima, que estaba desarmada”.

Como se ve, aquí el abogado hace notar que el atacante estaba armado con un cuchillo y también, que la víctima carecía de armas. Nótese cómo se aprovecha cada respuesta para ir avanzando en el contrainterrogatorio.

3.- Looping escalonado.-

Es en sí una técnica que permitirá al abogado contrainterrogador ir de lo general a lo específico, para pintar ante el juez un panorama muy claro sobre los hechos.

Una vez más, transcribo el ejemplo que proporciona el autor:

“P. Es cierto que Ud. fue atacada, ¿es así?

  1. Y el ataque fue con cuchillo.
  2. El cuchillo era de unos 25 cm.
  3. Y la atacó en el rostro, ¿no es cierto?
  4. Más precisamente en la mejilla izquierda…”.

4.- Looping espontáneo

Como señala el autor, esta técnica es la que demanda mucha destreza del abogado, ya que “se realiza sobre una frase proporcionada por el testigo en forma espontánea, ya sea en el examen o en el contraexamen”, por lo que debemos estar atentos ante estas oportunidades para saber explotarlas en el juicio.

Pongo otro ejemplo basada ligeramente en una situación que me sucedió. Supongamos que durante un contrainterrogatorio a un perito informático, logramos que haga una comprobación en vivo de una página web y, el resultado que se visualiza nos favorece. En ese momento, el perito -que fuera propuesto por la contraparte-, trata de justificar lo actuado alegando que quizás en la página web se perpetró una intrusión informática, lo cual no está señalado en su informe. Ante este regalo, nos tocará tratar de sacar la mejor utilidad posible, por lo que lanzamos esta línea de preguntas:

  • P: Bueno, ¿en qué parte de su informe está esa nueva conclusión?
  • R: No está en ninguna parte.
  • P: Esta conclusión no está en su informe, ¿es así?
  • R: Lo repito, no está.
  • P:  A pesar de no estar en su informe, ¿usted la incluye recién ahora, es así?
  • R: Ahora la estoy indicando.
  • P: A pesar de no estar en su informe, a usted recién se le ocurre ahora, ¿correcto?
  • R: Bueno, puede ser…

Antes de cerrar esta entrada, no quiero dejar pasar la oportunidad de tratar muy rápido sobre el testigo hostil. Aquí el autor deja en claro que el testigo hostil es aquel testigo que es contrario a nuestra teoría del caso, es decir, no es un declarante que muestre una actitud beligerante al momento de dar su testimonio, es tan solo alguien de quien se establece que es contrario a nuestra posición en el juicio, lo cual bien se puede inferir desde un inicio. Insisto en la figura del testigo hostil, porque en mi experiencia, pocos son los jueces que tienen una idea clara de lo que es el testigo hostil.

Si quieren ahondar más sobre los contrainterrogatorios les recomiendo estas otras entradas en las que traté el tema:

https://alfredocuadros.com/2018/04/24/los-10-mandamientos-para-el-contrainterrogatorio-de-irvin-younger/

https://alfredocuadros.com/2018/03/16/reglas-para-el-contrainterrogatorio-propuestas-por-f-lee-bailey/

Sobre el testigo hostil también tenemos:

https://alfredocuadros.com/2018/08/19/el-testigo-hostil-en-el-cogep/

 

 

Abogado litigante, no dejes de lado la cortesía en los juicios… tampoco la visualización negativa.

A mediados de este mes, mi hermano Xavier (a quien pueden seguir en la tuitósfera con el usuario @xaviercuadros), me pidió que lo reemplace en las clases de Obligaciones I –el inicio-; Obligaciones II –la venganza-; y, Obligaciones y Contratos I –el remix– en la facultad de Jurisprudencia. Más allá de que por un tiempo aproximado de quince días recordé mis tiempos de docente con los estudiantes que tuve la oportunidad de conocer, aproveché para tratar de transmitir cosas que sobrepasen el estricto contenido académico.

Por ello, en casi todas las últimas clases de todos los cursos, me tomé un tiempo breve para hablar a los futuros colegas de dos cosas que me parecen importantes para el ejercicio profesional del abogado litigante. En un momento de la clase transcribí en la esquina superior derecha del pizarrón estas dos frases: “La cortesía es el lujo de los que están cómodos”, que se encuentra en el libro “Mi primer juicio oral. ¿Dónde me siento? ¿Y qué diré?” de Steven Goldberg, sobre el cual ya escribí antes (https://alfredocuadros.com/2018/11/30/lo-que-aprendi-del-libro-mi-primer-juicio-oral-donde-me-siento-y-que-dire-de-steven-h-goldberg/ ) y, esta otra que es atribuida a un proverbio inglés “Espera lo mejor, prepárate para lo peor”; y les pedí a los estudiantes que piensen en el significado de esas frases.

La primera de las frases anotadas siempre me llamó la atención por lo sencilla en cuanto a su expresión, que contrasta con la inmensidad de lo que encierra. Les contaba a los futuros colegas –a quienes los bauticé como “semi/cuasi/abogados”, ya que están más o menos por la mitad de la carrera-, que lamentablemente se ha extendido la idea de que el abogado, en especial el litigante, tiene que ser agresivo con casi todo el mundo, sobre todo cuando está en una audiencia. Me he topado con colegas, tanto mujeres como hombres, que a pesar de tener cualidades interesantes como el buen manejo de la norma procesal en diligencias, piensan que el juicio es una lucha de egos, que se muestran irascibles  ante cualquier objeción contraria, que irrespetan y menosprecian al colega de la otra parte e incluso, muestran poca educación ante el juzgador y otros funcionarios.

Por ello insistía a los semi/cuasi/abogados en lo siguiente: si estamos en un juicio en el que conocemos todo el caso, en el que conocemos y tenemos bien claros los hechos, tenemos confianza en nuestros conocimientos y capacidades, no hay necesidad de ser descortés con ninguno de los otros protagonistas. Producto de esa confianza es que seguro nos sentiremos cómodos en cualquier situación en que nos ponga el juicio, confianza que, sin lugar a dudas, emana de la cortesía. Les comentaba a los futuros colegas que uno de los momentos más altos que he tenido este año en mi carrera, fue cuando una jueza provincial con la cual me encontré de casualidad de pasada en la Corte –que tan solo me conoció en el desarrollo de una audiencia-, luego de saludar me dijo que mi actuación en juicio se destacó por el conocimiento de la norma y por mi educación. Ahora, reconozco que soy humano y también he tenido mis desbarajustes y rabietas en alguna audiencia, aunque por suerte, estos momentos no se han repetido tanto. Es mejor ser recordado por ser buen abogado y educado que tan solo como un mal educado con cierta destreza en litigios, ya que buenos abogados irrespetuosos hay bastantes.

Respecto a la segunda frase, tenía también mucho que comentar. Vivimos en un mundo donde mucho se habla del “pensar positivo”, o que “piensa positivo y todo saldrá bien”, o que basta con pensar en cosas positivas y bonitas para lograr éxito en todo lo que hagamos (y otras similares). No obstante, la vida –la profesional y la vida en general- no se desarrolla de esa forma.

Pensemos que acabamos de cerrar un contrato importante con un cliente, un contrato que tiene que ver con el patrocinio de un caso muy interesante y complejo, que nos dará réditos no solo en lo económico, sino tan bien en lo profesional. Ahora, imaginemos que algo sale mal en el caso (quizás el cliente no nos paga lo acordado, dictan sentencia en contra, tenemos un mal desempeño en alguna audiencia). ¿Cómo lo vamos a enfrentar? ¿Estaremos listos para afrontar un eventual y probable escenario negativo? ¿Nos quedaremos sin respuesta?

De eso se trata la frase “espera lo mejor, prepárate para lo peor”, la cual para mí tiene mucha aplicación en la actividad del abogado litigante. Anticipándonos a lo que puede salir mal, podemos planificar con la anticipación debida nuestra respuesta y nuestra reacción. Sobre esto, también me gusta citar al filósofo Séneca: “Debemos proyectar nuestros pensamientos delante de nosotros a cada paso y tener en cuenta cada eventualidad posible en lugar de solo el curso habitual de los eventos”. Identificar los posibles caminos en los que puede desplegarse por ejemplo una determinada audiencia es una de las actividades en las que invierto muchísimo tiempo; con ello, ya conozco antes de que incluso se dé inicio a la audiencia lo que tengo que hacer y decir en caso de que el juez no acepte alguna de mis pruebas o mis argumentos, o si me encuentro con algún colega hostil. Casi que imagino y grafico en mi mente todo lo peor que me puede pasar, para ir preparado ante ese peor escenario posible, lo cual me ha ayudado a no tener casi momentos inesperados en alguna diligencia (obvio que no es posible prever todo evento en estas situaciones). Hay un exitoso autor y emprendedor norteamericano llamado Tim Ferris, que sostiene que más importante que definir las metas, es definir nuestros miedos (les dejo el link de la charla TED que él ha dado https://www.ted.com/talks/tim_ferriss_why_you_should_define_your_fears_instead_of_your_goals?language=es), conclusión a la que arribó al leer al mencionado filósofio Séneca.

En conclusión, las frases no solo son de utilidad para los futuros colegas con los que tuve la oportunidad de conocer en estas clases, sino que también son aplicables a los que ya ejercemos de abogados. El compartir y conversar sobre estas frases –aunque haya sido en contados minutos-, también me ayudó a tenerlas más presentes y, esperemos, aplicarlas de mejor forma.

Gracias por la visita.

Entrevista con Andrés Cervantes Valarezo, litigante, catedrático e investigador.

Algún tiempo atrás compartí en este blog una entrevista realizada al abogado Óscar Fernández León, a quien conocí gracias a las redes sociales, en concreto Twitter. Esta experiencia me dio la idea de iniciar una serie de entrevistas con colegas que he conocido en la tuitósfera, que tienen mucha presencia y sobre todo, son preparados y pueden aportar a la comunidad jurídica con sus ideas.

Por ello, empiezo esta nueva ronda de entrevistas virtuales con el sensei Andrés Cervantes Valarezo, joven colega a quien conocí primero en los caminos del Twitter, luego nos hemos desvirtualizado e incluso estamos realizando un proyecto sobre el Código Orgánico General de Procesos (COGEP). Lo que siempre resalto de Andrés es que sus opiniones sobre temas jurídicas siempre son fundamentadas -algo que no se suele encontrar en redes sociales-, su gran preparación académica que no solo se queda en la teoría, sino que tambíen se avienta al litigio profesional.

Sin más que decir, comparto esta entrevista.

En las veces que hemos tenido oportunidad de conversar, noto que te apasiona mucho el estudio, el análisis de normas, impartir clases y charlas y, por otro lado, también te gusta mucho el litigio, incluso casi siempre terminamos intercambiando opiniones para casos que conocemos. Por ello, la pregunta de cajón es: ¿Cátedra o litigio?

Una de las grandes pasiones de mi vida es aprender de forma constante y transmitir lo poco que sé a los estudiantes que se forman en las universidades del país. Creo que cada ciudadano aporta a su manera al desarrollo de la sociedad y, en mi caso, aquello implica contribuir en la educación de futuros abogados que comprendan el Derecho más allá de las leyes, que sean coherentes en el sentido de que la ley debe aplicarse con rigor e igualdad más allá de cual sea el caso concreto y que se guíen por estándares éticos que revitalicen la lesionada imagen del foro.

En todo caso, lo cierto es que otra de mis grandes pasiones es también el litigio y, en mi experiencia, si uno es suficientemente disciplinado puede compaginar ambas vocaciones sin inconveniente. Lamentablemente, el estado de la educación superior hace muy difícil que una persona se dedique exclusivamente a la academia, que es la norma en Estados Unidos, Europa y Asia, y es a donde debe apuntar Ecuador. Para ello se demanda inversión en el capital humano, financiamiento a la investigación y una universidad pública de calidad. Si bien es cierto que la coyuntura económica impone otras prioridades como el mayor acceso a la educación, estos son objetivos que no deben dejarse de lado.

Al ser un abogado joven te ha tocado vivir una realidad jurídica interesante, hay muchas cosas nuevas que se van cocinando y siempre en redes sociales muestras opiniones claras y sustentadas sobre determinados temas. En este sentido, ¿cuál es tu superpoder para estar actualizado con las tendencias jurídicas y no perderle el pulso al avance de las teorías que se dan en nuestra área?

 Me he reído mucho con esta pregunta. No poseo superpoder alguno, pero sí cultivo un par de hábitos que pueden servir como un consejo para quien lo quiera recibir. En primer lugar, la abogacía ha alcanzado tal nivel de especialización que se podría asimilar a la medicina y los clientes lo tienen muy claro. La primera directriz sería enfocarse en una, dos o tres áreas del derecho que te apasionen de verdad. La producción de conocimiento es tanta que es humanamente imposible dominarlo todo y por ello la especialización es fundamental tanto en lo académico como en lo profesional. Desatender el consejo puede conducirnos a ser meros recopiladores superficiales y no aportar realmente a la discusión teórica.

En segundo lugar, parece fundamental que las áreas en las que decidimos incursar nos apasionen intelectualmente no siendo el factor definitivo el económico. Esto tiene que ver mucho con la necesidad profesional de especializarse: el que no lo hace está muy expuesto a incurrir en demoras ineficientes en la tramitación del encargo, a incurrir en costos mayores porque no maneja el concepto de economía de escala e inclusive a fracasar, pues al ser todólogo existe la posibilidad de perderse una nueva ley, decreto, reglamento, sentencia y un largo etcétera de factores que inciden en nuestro trabajo. Visto así, cualquier área del derecho ejercida correctamente nos brinda una ventaja competitiva.

En mi caso, dedico cuatro horas del día, todos los días, al estudio de tres áreas concretas: derecho constitucional, derechos humanos y arbitraje que va de la mano con procesal.

¿Cuáles son, a tu criterio, las habilidades que debe desarrollar un abogado para su ejercicio profesional?

 Seguramente habrá muchísimas más, pero aquí menciono solamente tres: el dominio oral y escrito; el pensamiento creativo y habilidades ejecutivas en lo relativo a la captación de clientes. Así, por ejemplo, un recurso de casación puede perderse por el solo hecho de no saber expresar con claridad el vicio del que se acusa a la sentencia. También es importante no concentrarse solamente en lo que la ley prohíbe sino a su vez pensar en estrategias que hagan viables, dentro de las posibilidades del ordenamiento, las necesidades del cliente. Finalmente, es posible ser un jurista brillante, pero fracasar en lo profesional si no se cuenta con la habilidad de darse a conocer y atraer clientes.

El ejercicio profesional del abogado proporciona buenas y malas experiencias; solo me concentraré en las buenas. ¿Cuáles son las mejores vivencias que has tenido gracias al derecho?

Sin lugar a dudas, diría que las mayores satisfacciones que me ha brindado haber estudiado –y seguir estudiado– Derecho es haber conocido un sinnúmero de lugares, pero también personas que admiro intelectualmente y con quienes difícilmente hubiera coincidido de no haber incursionado en la aventura doctoral. En este camino he cultivado amistades para la toda vida y me he permitido un tiempo para reflexionar sobre cosas que el ritmo de lo cotidiano no permite. La otra gran satisfacción en lo profesional es haber puesto mi conocimiento no solo al servicio de quien puede pagarlo sino también del pobre que lo necesita y cuyo agradecimiento es de por vida.

De nuestras conversaciones también he notado que eres un litigante muy estratégico. A breves rasgos, ¿cómo realizas la preparación de un caso?

A grandes rasgos, podría decir que lo fundamental es partir de la idea de que se litiga no solo con la contraparte sino también contra el juez. Lamentablemente, en un sistema judicial corrupto como a todas luces es el ecuatoriano –sin ignorar que existen notables excepciones individuales– debemos estructurar el caso de tal forma que la prueba sea tan contundente que la discrecionalidad del juez se vea reducida al mínimo. También es importante dominar el procedimiento –y aquí sí que influye el rol: demandante, demandado o tercero– pues como actor corresponde escoger, de las varias vías que ofrece el ordenamiento, una específica y adelantarse, como juego de ajedrez, a los varios cursos de acción de la contraparte. Como demandado, me parece que es vital no solo defenderse sino contratacar y ser detallista con el procedimiento; y, como tercerista, saber cómo y cuándo es el momento ideal para intervenir.

Debajo pongo imagen de la entrevista con Andrés, los críticos dirán que es un montaje realizado en mi propio celular.

Gracias por la visita.

 

Habilidades prácticas que me han servido en mi labor como abogado.

La historia que les contaré no solo que es es real … sino también verídica (lo siento por la redundancia, es mi intento de humor). El pasado día lunes recibí en horas de la noche una llamada desde el exterior, de un cliente que me contactaba gracias a la recomendación de un colega.

Luego de las respectivas introducciones entramos a tocar el tema de la consulta. Sin entrar en muchos detalles, el cliente estaba apremiado por cuanto tenía que presentarse un escrito de contestación a una demanda máximo hasta el día siguiente. Le pedí que me pasara por correo los documentos, sobre todo por cuanto quería confirmar si en realidad el término vencía -ya saben, tenía la esperanza de que hubiese un día más al menos-; no obstante, la situación era real: ¡el término vencía al día siguiente!

Ante esta situación se ideó un plan para ejecutarlo de inmediato. Le dije al cliente que me enviara toda la información restante a las 06:00 del siguiente día (asegurándole que soy madrugador, lo cual es cierto), para conversar a las 07:00 sobre algún detalle y ponernos de acuerdo en la estrategia. Desde las 07:30 más o menos, empecé a redactar el escrito de contestación, el cual terminé en un tiempo aproximado de cincuenta minutos. Luego, se coordinó la firma del representante legal, las certificaciones de documentos y la presentación del escrito. Todo en cuestión de horas.

Al final del día, toda esta experiencia me ha puesto a pensar de ciertas habilidades que tuve que poner en práctica para lograr cumplir la tarea encargado, las cuales comparto.

Lectura

Se ha dicho y escrito mucho acerca de la importancia de la lectura para el abogado y el estudiante de derecho. Como toda habilidad, la lectura y, sobre todo, la destreza para leer rápido y retener la mayor cantidad de información, se puede pulir y perfeccionar con la práctica. En este caso, me tocó leer varios documentos, artículos, resoluciones, para tomar apuntes y preparar el escrito.

Siempre recomiendo que la mejor manera de abarcar varias lecturas es comprometerse a leer un número mínimo de páginas al día. Se puede comenzar con unas diez, para luego ir subiendo. Al día de hoy siempre leo un mínimo de treinta páginas al día, las cuales puedo repartir a lo largo de la jornada. La cuestión es siempre andar “armado” con el libro, para avanzar ya sea en la fila del banco, en la espera mientras tu esposa está probándose ropa, entre otras.

He podido notar que este ejercicio de lectura me ha ayudado muchísimo cuando tengo que leer varios documentos para preparar un caso, lo cual resulta invaluable al efecto de optimizar el tiempo.

Escribir rápido y bien

Conozco que en otros países varios colegas utilizan un software que se encarga de plasmar por escrito lo que uno le va dictando; no obstante, esa tecnología -al menos de una forma bastante confiable- todavía no la he visto por aquí. Mientras tanto, queda tipear los escritos a la antigua y el poder escribir a una buena velocidad en el teclado también me ha sido de gran ayuda.

Por otra parte, en algún momento escribí acerca de la importancia que tiene para el abogado saber escribir, valga la redundancia. Hay que recordar que el juez (que es por lo general a quien se dirigen los escritos si eres litigante), es también un ser humano, que debe estar cansado de leer tantos escritos, unos más confusos que otros, por lo que si estamos en la capacidad de presentarle un memorial bien escrito, conciso, sin divagaciones y muy claro, lo apreciará. En otras palabras, no realices escritos pensando en un tratado, sino mas bien, para que cualquier persona te lo pueda entender.

En el caso con el que comencé esta entrada, tuve que realizar un escrito de contestación a la demanda en un relativo corto tiempo. Claro, como estábamos a las puertas del vencimiento, le advertí al cliente que no esperara un escrito muy “florido”, con citas jurisprudenciales o de tratadistas, ya que se tenía el tiempo justo para decir lo que se tenía que decir y nada más. A final de cuentas, se realizó un escrito de cuatro páginas, directo y conciso que abarcó todos los puntos necesarios para rebatir los argumentos de la demanda.

Enfocarse

En estos tiempos de redes sociales, una de las cosas más difíciles es concentrarse para enfocarse en la tarea inmediata. Parece increíble como se consumen las horas mientras revisamos nuestras redes sociales, lo que marca un descenso tremendo en nuestra productividad.

Debo reconocer que también me declaro culpable de este defecto. Cada vez que “recaigo” me prometo estar más atento y enfocado. La clave es que en una jornada de unos cuarenta minutos sin distracción y comprometido con terminar la tarea, en realidad se puede avanzar muchísimo. La cuestión es recuperar esa capacidad de enfocarse para obtener el resultado.

Sobre este tema les recomiendo el libro “Enfócate: Consejos para alcanzar el éxito en un mundo disperso” de Cal Newport, el cual es excelente y nos comparte varias técnicas para obtener la concentración que se vuelve más rara a medida que nos consumen las redes sociales.

Organización del tiempo

Los que me conocen saben que no soy una persona muy ordenada; a pesar de eso, me gusta planificar las diligencias con anticipación en la medida de lo posible, ya que el libre ejercicio depara muchas veces situaciones imprevistas que deben atenderse a la brevedad, por eso digo que muchas veces el abogado  es el último al que se llama para tratar de apagar un incendio.

A mitad de cada semana laboral paso revista a las diligencias y términos que se vencerán a la siguiente, para ir planificando lo que me toca hacer. Esto también me ha ayudado mucho, ya que por ejemplo, el día de hoy en que escribo estas líneas, además de tener que realizar a toda velocidad un escrito de contestación a la demanda, tuve en la tarde que asistir a una audiencia de acción de protección. Gracias a la planificación previa, desde la semana pasada ya había preparado toda la estrategia para la audiencia. Si no hubiera realizado esto con anticipación me hubiese pasado cualquiera de estas dos cosas (1) hubiera ido a improvisar a la audiencia de acción de protección; o, (2) habría tenido que sacrificar el caso nuevo para centrarme en la diligencia de acción de protección. Por esto, nunca está de más ver y realizar un plan de acción de las cosas que están por venir.

En todo caso, esto es lo que puedo compartir por ahora, espero estos tips les ayuden en su profesión.

 

Gracias por la visita.

 

¿Cuándo el juez pude hacer uso de la prueba para mejor resolver?

Leyendo el libro “Oralidad y Prueba el COGEP”, de Osvaldo Gozaini  (obra que recomiendo para los litigantes, la cual es distribuida por la Editorial Jurídica Cevallos), encontré una reseña acerca de cómo ha evolucionado el rol del juez en diversos sistemas procesales. En síntesis señala lo siguiente:

  • El juez espectador –presente en el sistema escrito- que es aquel que tiene un papel pasivo durante el desarrollo del proceso; se limita a observar lo que las partes actúen para que, llegado el momento, emitir su decisión.
  • En otro extremo, el juez dictador, con fuerte actividad en los regímenes autoritarios, donde incluso (como lo relata por ejemplo el Dr. Jorge Zavala Baquerizo en su libro “El Proceso de Nuremberg”), se crearon jueces populares que tenían amplias discreciones para sustanciar el proceso e imponer sus sentencias.
  • Por último, tenemos lo que puede llamarse como un juez director, que es un “magistrado que potencia sus poderes de iniciativa y dirección. Respecto a la instrucción se confirma el papel activo que le toca asumir en el proceso, confiriéndole una amplia iniciativa en la verificación de los hechos relevantes para la solución del litigio, tal como le fue sometido a su conocimiento” (obra citada, página 61).

Me llamó a la reflexión la faceta del juez director, sobre todo cuando alguna vez conversando con mi amigo y actual colega Jair Posligua, nos pusimos a “filosofar” sobre la facultad del juez de solicitar prueba de oficio, conforme al artículo 168 del COGEP, que dispone:

“Art. 168.- Prueba para mejor resolver.- La o el juzgador podrá, excepcionalmente, ordenar de oficio y dejando expresa constancia de las razones de su decisión, la práctica de la prueba que juzgue necesaria para el esclarecimiento de los hechos controvertidos. Por este motivo, la audiencia se podrá suspender hasta por el término de quince días.”.

Lo que conversábamos en su momento con Jair –aunque me sigue gustando utilizar aquello de “filosofábamos”, ya que suena más sofisticado-, era lo dificultoso que sería tratar de establecer criterios objetivos y específicos que pueda usar cualquier juez para ejercer esta facultad de disponer la práctica de prueba por su propia iniciativa; sobre todo por las pocas directrices que arroja la precitada disposición, las cuales podemos verlas de esta forma:

  • Se habla de que la prueba de oficio debe disponerse “excepcionalmente”, lo cual es hasta cierto punto obvio, atendiendo a que un juez no debe comportarse como un investigador de los hechos puestos a su conocimiento. En todo caso, es claro que la prueba de oficio no debe ser la regla general.
  • El otro criterio es que el juez debe “dejar expresa constancia de las razones de su decisión”. Es decir, el juez debe fundamentar y motivar las razones que lo llevaron a disponer la prueba de oficio. Más allá de que esto es bastante lógico y se lo exige para evitar posibles arbitrariedades, se entiende que toda decisión judicial debe ser motivada, por lo que en realidad no es un requisito destinado solo para esta norma.

Por ello, tratando un poco de aportar con ideas a este tema, propongo las siguientes ideas.

  • Primero, hay que tener en cuenta que el juez (1) no puede suplir la negligencia probatoria de las partes que tienen la carga probatoria en el respectivo juicio; (2) no puede investigar hechos que no han sido alegados por las partes; y, (3) no puede ordenar pruebas de oficio para dilatar el trámite del proceso.
  • En este orden de ideas, por ejemplo, el juez no puede usar la facultad del 168 del COGEP para “ayudar” a una de las partes, que tenía la obligación de probar los hechos alegados. Supongamos un juicio ordinario en el que la parte accionada no ha contestado la demanda, por lo que se debe aplicar la regla de que la falta de contestación equivale a negativa pura y simple. Si el actor no prueba sus hechos por su propia falta de diligencia (ya sea por no aportar medios probatorios idóneos, o no practicarlos bien, etcétera), el juez no podría suplir esto con la prueba de oficio.

La clave a mi criterio, podemos irla ubicando tomando al artículo 226 del COGEP como guía. Este artículo habla acerca de la prueba pericial para mejor resolver, el cual señala que luego de presentados –y se entiende sustentados- los informes periciales aportados por los contendores del juicio, que sean “recíprocamente contradictorios o esencialmente divergentes”, el juez debe primero ordenar un debate entre ambos peritos y, si sus dudas persisten, recién en ese momento, podrá disponer que se efectúe un nuevo peritaje, el cual se entiende que tendría un valor aclaratorio e incluso, en lo posible hasta dirimente.

Entonces, aplicando por analogía del caso particular al general (es decir, del caso del  informe pericial para mejor resolver, a la prueba para mejor resolver), las pautas para que un juez disponga la prueba de oficio podrían ser las siguientes:

  • El juez no puede investigar hechos no alegados por las partes.
  • No puede usarse la prueba de oficio para cubrir alguna negligencia probatoria de las partes, esto comprometería mucho incluso la imparcialidad del juzgador.
  • Conforme lo hizo notar un brillante colega Andrés Cervantes, hay que tomar en cuenta que hay ciertas pruebas que objetivamente jamás podría disponer, v.g, declaración de parte, testigo nuevo, juramento decisorio y/o deferido.
  • La prueba para mejor resolver debe ser ordenada por el juez, luego de que todas las pruebas han sido ya practicadas, no antes. De esta manera, se asegura que el juez dispondrá la prueba oficio (1) luego de percibir cómo se desarrolló la actividad probatoria; y, (2) a pesar de esto mantiene sus dudas respecto de los hechos que han alegado las partes y que sirvieron para fijar los puntos del debate principal.

Bueno, espero esta entrada sea productiva.

Gracias por la visita.

Comentarios sobre el libro: “Ensayos críticos sobre el COGEP”, de Jorge Luis Mazón.

Es indudable que las redes sociales bien utilizadas constituyen una fuente interesante de información. En este sentido, hace algún tiempo atrás, encontré en Facebook un grupo denominado  “Los problemas del COGEP”, en el que de una u otra forma han tenido cierto eco las publicaciones de mi blog y otros diagramas informativos que suelo realizar. Este grupo fue fundado por el abogado Jorge Luis Mazón, quien además ha puesto a consideración de la comunidad jurídica el libro de su autoría titulado “Ensayos críticos sobre el COGEP” (Tomo I), sobre el cual escribiré un poco en estas líneas.

El libro se estructura con cinco ensayos que tocan estos temas:

  • El recurso de apelación en el COGEP.
  • Aspectos generales de la actividad probatoria.
  • Sobre la comparecencia de las partes a las audiencias: diferimiento y suspensión de audiencias y polémica por las declaratorias de abandono y sus efectos.
  • La fijación del objeto de la controversia.
  • Sobre la determinación de la cuantía en los juicios y peticiones que se proponen ante los órganos jurisdiccionales.

En cuanto al texto de la obra se agradece mucho que la misma se desarrolle con un lenguaje claro y directo, orientado bastante a la práctica, sin necesidad de utilizar frases y palabras rebuscadas que vuelvan cansina la lectura; sin dejar de realizar razonamientos más profundos sobre ciertos temas, con la ayuda de la cita de varios autores estudiosos de la norma procesal.

Aunque todo el libro es bastante recomendable, en lo personal he sacado muchísimo provecho al ensayo que tiene que ver con los aspectos generales de la actividad probatoria, en el que el autor explica con especial didáctica, algunos aspectos que han causado –y presumo seguirán causando- dificultades a los colegas.

Este ensayo empieza fijando las diferencias entre lo que es un “medio probatorio” y, la “prueba”, lo cual ha generado confusión entre los abogados litigantes (incluso, en un primer momento, también transité por esa zona oscura). En este aspecto, se señala que los “medios probatorios”, llamados también “medios de pruebas”, son “todos los documentos, objetos, instrumentos o acciones concretas que contienen o de donde se extraen los elementos necesarios para llevar al juez los hechos del proceso y producir su convencimiento respecto de los mismos”; mientras que la prueba, “implica aludir tanto al conjunto de la actividad probatoria con más específicamente a una acción de demostración de los hechos, a un ejercicio intelectual que hacemos los abogados cuando introducimos (actuamos) los medios probatorios en el proceso”.

En síntesis, se pueden extraer estas ideas:

  • Medio probatorio es todo aquello que adjuntamos como parte al juicio, para demostrar nuestras aseveraciones al juez.
  • Prueba es el hecho que hemos podido probar –valga la redundancia-, una vez que hemos practicado de manera correcta el medio probatorio.
  • De esto, deviene que el medio probatorio tendrá esta calidad mientras no sea practicado en el juicio; el cual, una vez hecho esto (si cumple todos los requisitos), pasará a considerarse prueba.

Siguiendo con el comentario de este ensayo, no tiene ningún desperdicio la explicación sobre las fases de la actividad probatoria, muy bien detalladas en (1) anuncio; (2) admisibilidad; (3) práctica; y, (4) valoración.

  • Anuncio.- Es la fase de ofrecimiento de los medios probatorios que realizan las partes en sus respectivos actos de proposición y, otros momentos puntuales que permite el COGEP.
  • Admisibilidad.- Los medios probatorios pasan por un “saneamiento probatorio” como lo llama el autor, el cual comprende la participación no solo del juez, sino de las partes, a través de un debate directo en la respectiva audiencia.
  • Práctica.- Esta fase “consiste en presentar ante el juez tanto los medios que han sobrevivido a las fases de ofrecimiento y admisibilidad, como los argumentos demostrativos a través de los cuales convertimos dichos medios probatorios en prueba”, como bien lo explica el autor.
  • Valoración.- Fase en la que el juez decidirá sobre lo determinante o no de una prueba, a efectos de emitir su sentencia.

Jorge Luis Mazón realiza además una didáctica exposición sobre la valoración de la prueba, atendiendo a las reglas correspondientes: (1) cumplir con los términos de solicitar, practicar e incorporar los medios probatorios; (2) apreciación de la prueba en conjunto por parte del juez; (3) aplicación de la sana crítica; y, (4) valoración del juez de  las pruebas que hayan servido para justificar la decisión.

No puedo negar que me dio un poco de gusto leer que en la obra encontré paridad de criterios en ciertos temas, por ejemplo:

Se agradece mucho que el autor se haya tomado el trabajo de realizar la transcripción de todos los artículos que menciona en el desarrollo de los temas; aparte no tienen desperdicio las comparaciones que encuentra entre lo que disponía el CPC y lo que ordena ahora el COGEP.

Si hay que realizar alguna observación libro es sobre temas formales. Encontré ciertos errores en edición, como repeticiones de texto –uno muy llamativo en el prólogo-, saltos de línea, palabras sin separación; sin embargo, estos contados defectos no opacan la calidad jurídica de la obra.

Para cerrar esta entrada solo me queda dejar esta idea: siempre he pensado que uno de los mejores halagos que puede hacerse a un autor de un texto científico, es el de realizar anotaciones y otro tipo de recordatorios en sus páginas. El ejemplar que adquirí del libro “Ensayos críticos sobre el COGEP (Tomo I)” está lleno de apuntes, partes subrayadas y resaltadas que son testimonio –o “medios probatorios” si queremos entrar en la onda- de lo mucho que aprendí. Por ello, a través de este medio extiendo el agradecimiento al colega Jorge Luis Mazón por su esfuerzo y por poner al alcance de la comunidad jurídica sus conocimientos.

Gracias por la visita.

 

La fuerza interior del abogado, un agradecimiento a Ángel Ossorio.

Por vivencia propia puedo asegurar que el ejercicio de la abogacía tiene muchas experiencias satisfactorias, además tiene su buena carga de momentos duros y hasta dolorosos. Para las alegrías no suelen faltar personas con quien celebrarlas; en cambio, para las tristezas, más allá de contar con el apoyo de nuestros seres cercanos, debemos saber cómo extraer fortaleza de nuestro interior.

Uno de mis capítulos favoritos de la genial obra “El Alma de la Toga” de Ángel Ossorio es el segundo, titulado  “La Fuerza Interior”, el cual es una carta de apoyo y reflexión para todo profesional que ejerce y vive del derecho, sobre todo cuando se encuentra en horas bajas. Por ello, en esta entrada intentaré hacer justicia a Ossorio, explicando las principales ideas que he podido obtener de sus enseñanzas.

Lo primero que deja en claro Ossorio es que debemos estar conscientes que no podemos esperar encontrar fuerza en factores externos, sino en nosotros mismos, para afrontar lo que puede considerarse como “el peso de la injusticia”. Debemos como abogados litigantes estar conscientes que nuestra actividad está llena de tensiones que emanan del transcurso inexorable de los términos, las constantes confrontaciones en las salas de audiencias con otros colegas, el desgaste de sacar adelante un despacho, entre otras, lo cual influye de manera indiscutida en nuestra salud física y mental. Ante esto, debemos acudir a nuestro interior como fuente de la fortaleza, ya que en definitiva, la voluntad de salir adelante proviene de nosotros mismos.

El autor apunta que estamos expuestos a varias injusticias, en las decisiones judiciales injustas; con “el cliente desagradecido o insensato; injusticia a toda hora en la crítica apasionada o ciega; injusticia posible siempre en lo que, con graciosa causticidad llamaba don Francisco Silvela “el majestuoso y respetable azar de la justicia humana””; ante esto, la recomendación del mismo Ossorio es, “fiar en sí, vivir la vida propia vida, seguir los dictados que uno mismo imponga…, y desatender los demás”, frase que no puedo evitar armonizar con aquella que la escritora Harper Lee puso en boca de su genial personaje Atticus Finch: “Antes de poder vivir con otras personas tengo que vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la propia conciencia”.

Siempre he considerado que la profesión del médico y del abogado tienen varias cosas en común; sin embargo, a pesar de esto, por algún motivo, el abogado no goza de la misma percepción de reconocimiento que la del médico, sobre todo porque muchas veces se endilga al abogado la conducta del cliente, más aún cuando pesa sobre el defendido una suerte de prejuzgamiento en el que se aplica un in dubio contra el reo, es decir, en caso de duda, la persona es culpable. Ossorio relata de manera acertada todas las ideas que surgen en el abogado al momento de considerar asumir alguna defensa, desde aquellas que advierten al profesional que no tome la decisión hasta empaparse de todo al asunto; hasta las que sin falta surgen sobre el rédito económico que puede obtener; para que al final se escuche el comentario infaltable de los terceros, entre los que encontramos a esos que alaban el desempeño del abogado, los que lo critican, pasando por los que se escandalizan porque piensan que el abogado realiza algo inmoral a defender a una persona, a lo que Ossorio nos recomienda: “En cuanto nos detengamos cinco minutos a oír el vocerío, estamos perdidos. Al cabo de ellos no sabremos lo que es ética ni dónde reside el sentido común”.

Escribiendo estas líneas no puedo dejar de tener presente un caso que se ha popularizado en la plataforma Youtube, del colega argentino Francisco Oneto. Conocí de la existencia del abogado Oneto, a raíz de una entrevista en la que se le pregunta sobre una acusación de abuso sexual cometida supuestamente por el actor Juan Dartés, a la actriz Thelma Fardín, cuando ésta era aún menor de edad. El abogado Oneto es entrevistado vía remota en un programa transmitido en vivo, por parte de un panel bastante agresivo, en donde incluso se llega a cuestionar de su ética por estar defendiendo al acusado -a pesar de que en un inicio el abogado Oneto señaló que no era defensor de Juan Dartés-. El abogado Oneto en esta entrevista (y en otras que encontramos en redes sociales), fue capaz de señalar unas verdades trascendentales en el ejercicio de la profesión: (1) para todos los casos aplica la presunción de inocencia; (2) el papel de la prensa no puede ser el de crear prejuzgamientos; (3) el abogado tiene derecho a escoger a quiénes defiende; y, (4) los profesionales merecemos respeto. Así que, si el abogado Oneto lee estas líneas, gracias por eso.

Me parece pertinente terminar estas líneas con la frase con la que Ossorio empieza el capítulo al que aludo en esta entrada: “El hombre, cualquiera que sea su oficio, debe fiar principalmente en sí. La fuerza que en sí mismo no halle no la encontrará en parte alguna”.

De esta forma estimado colega, si algún momento sientes que necesitas encontrar una fuente para recargar las baterías del esfuerzo y confianza, acude al segundo capítulo de “El Alma de la Toga”.

Gracias por la visita y, sobre todo, gracias a Ángel Ossorio por este legado que nos compartió.