El testigo hostil en el COGEP

Una de las cosas que más me llamó la atención al leer de cabo a rabo por primera vez el COGEP (aprovechando unas vacaciones forzosas por operación de meniscos), fue la expresa mención al “testigo hostil”, en el numeral séptimo del artículo 177 que me permito transcribir:

“Art. 177.- Forma de la prueba testimonial. Toda prueba testimonial mediante declaración será precedida del juramento rendido ante la o el juzgador. La o el declarante deberá estar asistido por su defensora o defensor, bajo sanción de nulidad. Se seguirán las siguientes reglas:

7.- Podrán formularse preguntas sugestivas sobre temas introductorios que no afecten a los hechos controvertidos, recapitulen información ya aportada por la o el declarante o la o el juzgador haya calificado al testigo como hostil. También están permitidas en el contrainterrogatorio cuando se practique la declaración de una parte a pedido de la otra.”.

Al leer esto, de manera inmediata recordé una escena en la película The Dark Knight, en la que el fiscal del distrito solicita al juez que le permita tratar a su propio testigo como hostil. (sobre esto hablo en esta entrada https://alfredocuadros.com/2017/02/07/las-preguntas-sugestivas-y-el-testigo-hostil/ ). Ahora bien, a pesar de esta alusión al testigo hostil en el COGEP, es una lástima que no encontremos una definición legal sobre esta figura, o, por lo menos, los requisitos que se deben tener en cuenta para que un testigo sea calificado en tal calidad por el juzgador, por lo que debemos buscar otras fuentes para ese propósito.

Ya en la práctica, me ha tocado por tres ocasiones diferentes solicitar a los respectivos jueces que me permitan tratar a un determinado declarante como testigo hostil. Recuerdo de manera muy clara que uno de los jueces (en uno de los pocos juicios de divorcio contencioso que he tenido que llevar), me miró extraño y evitó dar una respuesta concreta. He podido percatarme además, que otros jueces asumen que aquello de “hostil” debe ser tomado literalmente, es decir, para aquellos testigos que les falta poco para propinar un golpe al abogado que lo está interrogando –quizás lo que digo es exagerado, aunque creo que todo litigante al menos una vez ha tenido tensas diligencias de contrainterrogatorio-.

Como la actual norma procesal no dice nada más sobre el testigo hostil y, debido aún a la “juventud” del COGEP, no queda más que buscar auxilio en las legislaciones de otros países, en donde podemos encontrar muchos más derroteros acerca de este tema, sobre todo en el derecho anglosajón, en donde nos topamos con el hostile witness (no hace falta ser bilingüe para darse cuenta que esto es la traducción exacta al inglés de “testigo hostil”).

¿Por qué es tan importante conocer cuándo un testigo puede ser calificado como hostil? Pues sencillo, para poder hacer preguntas sugestivas. Todo abogado litigante que se respete, debe conocer que la suerte de un caso puede decidirse con las preguntas correctas, para lo cual, hay que tener muy, pero muy en cuenta cuándo se pueden –y cuándo no se pueden- realizar preguntas sugestivas.

El pequeño pero confiable Webster’s Legal Dictionary (tercera edición, editorial Random House, año 2007) describe al testigo hostil como aquel que es llamado por una parte en un caso, pero que se conoce que es amigable (se usa el término friendly) con la otra parte, o el que se encuentra siendo evasivo al contestar las preguntas. De esta definición ya vamos apuntando ciertos elementos; profundizando más, para esta entrada pude ubicar fallos norteamericanos en los que se encuentran definiciones sobre el testigo hostil, los cuales comparto, pidiendo disculpas por cualquier error en la traducción:

“Si un testigo en un caso civil o penal se vuelve antagonista o reacio de manera obvia, la parte que lo llamó, puede con la discreción de la corte, realizar al testigo preguntas sugestivas. (Criterio expuesto en el juicio del Estado de Misuri contra Sharon Kinne, que recoge a su vez otros precedentes como el del Estado contra Shelton y, el Estado contra Palmer).

“Si el testigo se vuelve “hostil” y contradice “previas declaraciones y testimonio”, la corte puede permitir que la parte que lo citó contrainterrogue al testigo”. (Criterio encontrado en caso del Estado contra Bell; el Estado contra Taylor).

Si quieren leer el fallo en el idioma original les dejo el link de consulta https://law.justia.com/cases/missouri/supreme-court/1963/49480-0.html

Con esta información podemos concluir lo siguiente:

  • Hay que diferenciar el interrogatorio del contrainterrogatorio. El interrogatorio siempre es aquel que el abogado realiza sobre su propio testigo. Por ello, el contrainterrogatorio es aquel en el que el abogado formula preguntas al testigo nominado por la contraparte. Una técnica adecuada de litigación nos indica que en el contrainterrogatorio se pueden hacer preguntas sugestivas (aunque el COGEP no es muy claro en esto, pero eso ya es otra historia); sin embargo, si el testigo es propio, no puedo hacerle preguntas sugestivas –por regla general-, a menos que el juez lo califique como hostil.
  • El testigo hostil no necesariamente será aquel que denota una actitud agresiva hacia el abogado. Es decir, el juez bien puede calificar al testigo como hostil sin esperar a que el declarante entre en una abierta confrontación con el abogado que lo está interrogando. Basta con acreditar ante el juez que el testigo, a pesar de ser llamado por una parte, tiene sus intereses alineados con la parte contraria.
  • Como ejemplo podemos decir lo siguiente: Tengo un juicio sobre propiedad intelectual en el que mi cliente es la compañía Wayne Enterprises y estoy preparando una demanda contra Además de llamar a declaración de parte a LuthorCorp en la interpuesta persona de su representante legal el señor Lex Luthor, me interesa llamar a declarar a varios de sus altos ejecutivos. Es evidente que estos ejecutivos no pueden rendir declaración de parte, ya que no están demandados por sus propios derechos; por ello, puedo llamarlos como testigos de mi parte. Cuando me toque interrogarlos, debo pedir la autorización al juez para que me permita tratarlos como hostiles y, por ello, para poder hacer preguntas sugestivas, porque es más que claro que estos ejecutivos tienen sus intereses identificados más con LuthorCorp que con la posición de mi cliente.
  • El testigo que no coopera con el interrogatorio, esto es, aquel que solo quiere contestar con monosílabos, o solo se limita a dar evasivas, puede ser calificado también como hostil.
  • Ahora bien, como deviene en obvio, el testigo hostil en el sentido literal de la palabra, puede ser declarado hostil también.

Como sugerencia práctica considero que lo óptimo sería que desde el momento en que solicitamos el testimonio por escrito como prueba, se indique que el testigo tendrá la calidad de hostil, para que de esa forma, el juez desde un inicio ya tenga la idea de que a ese testigo queremos formularle preguntas sugestivas.

Podemos anotar las ideas centrales de esta entrada con las siguientes preguntas:

  • ¿El juez me autoriza a tratar a mi propio testigo como hostil?
  • Sí: Puedo hacerle preguntas sugestivas.
  • No: Salvo por temas introductorios o no controvertidos, no puedo realizar preguntas sugestivas al testigo.

Me gustaría saber sus opiniones.

Gracias por la visita.

 

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¿Cómo impugnar al perito contrario según el 223 del COGEP?

En plena audiencia de juicio nos encontramos en medio de un contrainterrogatorio del abogado del demandado al perito de la parte actora:

  • Abogado 1: ¿Conoce usted el Reglamento para el Sistema Pericial Integral de la Función Judicial?
  • Perito: Sí lo conozco.
  • Abogado 1: ¿Usted en algún informe pericial ha emitido conclusiones sobre alguna materia que no esté acreditado por el Consejo de la Judicatura?
  • Abogado contrario: ¡Objeción! ¿Qué tiene que ver esa pregunta con la sustentación del informe pericial?
  • Abogado 1: Es una pregunta dirigida a impugnar la credibilidad del perito.
  • Juez: La pregunta es procedente.
  • Perito: ¿Me puede repetir la pregunta?
  • Abogado 1: Claro, ¿usted en algún informe pericial ha emitido conclusiones sobre alguna materia que no esté acreditado por el Consejo de la Judicatura?
  • Perito: Nunca.
  • Abogado 1: ¿Conoce usted que en el Reglamento mencionado, la ingeniería informática se encuentra dentro de la categoría general de ingeniería?
  • Perito: Sí.
  • Abogado 1: ¿Conoce que en el Reglamento, la informática forense se encuentra en la categoría de criminalística?
  • Perito: Así es.
  • Abogado 1: ¿Conoce que en el Reglamento se prevé que la ingeniería informática tiene una acreditación diferente a la informática forense?
  • Perito: Creo que sí.
  • Abogado 1: ¿Usted está acreditado por el Consejo de la Judicatura en ingeniería informática?
  • Perito: Sí.
  • Abogado 1: De manera introductoria, ¿su informe tiene varias conclusiones en las que usted refiere conceptos sobre informática forense verdad?
  • Perito: Así es.
  • Abogado 1, dirigiéndose al juez, mientras le entrega documentos: Señor Juez, de conformidad con el artículo 223, segundo párrafo del COGEP, para descreditar la credibilidad del perito, presento documentación extraída directamente de la página de la Función Judicial, por tanto es información pública y verificable, con lo que pruebo que el perito no está acreditado en informática forense y, a pesar de eso, emite conclusiones sobre esta materia sin contar con la debida acreditación, vulnerando el reglamento correspondiente…

Con esta narración pretendo graficar la aplicación práctica del artículo 223, segundo párrafo del COGEP, el cual permite presentar prueba nueva para ya sea impugnar o fortalecer el trabajo de un perito. La idea para hacer esta entrada fue madurando mientras me preparaba para una audiencia en la que me tocaría el turno de contrainterrogar a un perito, ya que pude hallar información que a mi criterio podía ser de mucha ayuda para dejar en mal predicamento la credibilidad del perito presentado por la contraparte. Sin embargo, luego de pedir opiniones a algunos colegas y, sobre todo, de conversar con ciertos jueces –en los típicos momentos que se tienen antes o después de alguna audiencia, o en receso-, me llamó mucho la atención lo poco (y casi nada diría) que se ha usado en algún juicio la precitada disposición normativa, al extremo que en ciertos juzgados me dijeron que nunca se habían topado con un caso en que un abogado haya presentado prueba invocando este artículo.

Por ello, con la intención de aportar un criterio sobre la aplicación de este artículo me pareció pertinente dar una opinión. Como punto de partida transcribo la parte pertinente:

“Art. 223.- (…)

Durante la audiencia de juicio podrán dirigirse a la o al perito, preguntas y presentar pruebas no anunciadas oportunamente orientadas a determinar su parcialidad y no idoneidad, a desvirtuar el rigor técnico o científico de sus conclusiones así como cualquier otra destinada solventar o impugnar su credibilidad”.

Sobre esto, los siguientes comentarios:

Momento para presentar esta prueba.-

Hay que notar que se habla tanto de (1) durante la audiencia de juicio; y, (2) prueba no anunciada. Lo dicho, presupone lo siguiente:

  • Al señalarse que se puede presentar “prueba no anunciada”, se acepta que puede ser una prueba totalmente nueva; es decir, el artículo se refiere a prueba que no haya sido anunciada ni en la demanda, contestación, reconvención, contestación a la reconvención –parece trabalenguas pero no lo es-; ni la nueva prueba del cuarto párrafo del artículo 151 del COGEP; ni la prueba nueva del 166 ibídem.
  • La clave está en determinar el momento preciso y oportuno para presentar esta “prueba no anunciada”; lamentablemente nada dice el COGEP. En mi criterio esto debe ser en el interrogatorio o contrainterrogatorio, por cuanto (a) el artículo señala que podrán dirigirse “preguntas y pruebas no anunciadas”, por lo que nos sitúa en el momento de formulación de preguntas, lo cual es en el respectivo interrogatorio o contrainterrogatorio; y, (b) por derecho a la defensa, ya que si se lo hace en momento anterior o posterior al interrogatorio –pensemos que recién lo presentamos en el alegato final por aquello de que se puede hacer “durante la audiencia de juicio”-, el perito no tendrá oportunidad de rebatir, explicarse y/o defenderse del intento de impugnación.

Por otra parte, a pesar de que el artículo señala que esto debe hacerse durante la audiencia de juicio, considero que es seguro afirmar que esto puede aplicarse en los otros procedimientos que cuentan con audiencia única.

Este artículo permite atacar –hablando en metáforas- ya sea al contenido del informe (desvirtuando el rigor técnico o científico de las conclusiones); como al perito (evidenciando su parcialidad, falta de idoneidad, o debilitar su credibilidad).

El artículo le otorga tanto al actor como al demandado la posibilidad de presentar estas nuevas pruebas, teniendo en consideración que permite además que el propio interesado presente pruebas para solventar la credibilidad del perito de parte.

Sería interesante conocer sus opiniones.

Gracias por la visita.

Entrevista con Óscar Fernández León, abogado, escritor, capacitador, expositor, tuitero, bloguero y… guitarrista de la banda “Los Imputables”.

Hay quienes sostienen que las redes sociales son una pérdida de tiempo y que sirven para muy poco. En lo personal, discrepo de esto ya que, si bien es cierto un uso no responsable de las redes sociales  nos puede llevar a perder varias horas laborales,  no hay que perder de vista que en ellas podemos encontrar valiosas personas que las usan para aportar con sus conocimientos.

Hace un par de años me topé en la tuitósfera a Óscar Fernández León (@oscarleon_abog), desde un inicio me convertí en un lector incondicional de sus artículos y reflexiones que los encontramos en http://www.oscarleon.es . Lo que más resalto siempre de Óscar (que por otro lado, es bastante accesible, no lo he podido conocer en persona, pero me parece que es un tipo agradable, con quien me podría quedar conversando horas sobre anécdotas de la profesión), es su afán por compartir sus conocimientos con los colegas y transmitirlos de una manera muy clara.

Por ello, desde hace algún tiempo tenía pensada la idea de conocer un poco más la titánica labor de Óscar con una entrevista y publicarla en mi blog. Óscar, con su siempre buena disposición, accedió de inmediato y aquí la pongo a su consideración. Créanme, no tiene desperdicio y nos deja incluso algunas frases para la posteridad como aquella que dice: “…cada vez que voy a juicio me pongo de los nervios, y el día que no me ponga…me retiro.”

Sin mayor introducción, con ustedes la entrevista al abogado Óscar Fernández León. Espero la disfruten tanto como yo.

¿Qué es lo primero que analizas antes de decidir si tomas un caso?

En primer lugar, considero que el abogado tiene absoluta libertad para aceptar el encargo profesional y, lógicamente, para rechazarlo, si bien a la hora de tomar una decisión de esta trascendencia tendrá que analizar el asunto desde un punto de vista ético y moral, siguiendo lo que le diga el dictamen de su propia y recta conciencia. Por lo tanto, nos encontramos ante una decisión interna, vinculada al propio profesional y fruto de un análisis de los fundamentos y condicionantes que fraguan su personalidad, decisión que, al provenir de la conciencia de cada uno, pertenece a su intimidad y entiendo no debe ser sometida a juicio externo.

Dicho esto, cuando atiendo a un cliente que me va a encargar un caso, siempre lo hago con ilusión, convencido de que aceptaré, pues creo fervientemente en que nuestra función es ayudar a todo justiciable que necesite de nuestros servicios. Ahora bien, si durante la entrevista compruebo que el asunto se encarga con un objetivo exclusivo de venganza, abuso, o se pretende que planteen demandas frívolas o capciosas, etc., suelo rechazarlo. En este sentido, aplico la reflexión de David Hoffman, que nos dice “No tomaré ninguna causa inspirada por la envidia, el odio o la malicia a la contraparte”

Fuera de estos casos, y en relación con casos mediáticos en los que ya se ha condenado previamente al investigado por la opinión pública, creo poderosamente el gen profesional del abogado, íntimamente vinculado a su papel de máximo exponente del derecho de defensa y sabedor del derecho que corresponde a todo ciudadano a un juicio justo y a su  inocencia mientras no se demuestre lo contrario.

¿En qué momento consideras que es mejor hablar a los clientes sobre honorarios?

Sin lugar a dudas al principio de la relación, concretamente cuando van a realizar el encargo. Hay muchas razones que justifican esta postura, pero si tuviera que sintetizarlas te diría que el cliente tiene el derecho a conocer el importe de los honorarios (lo necesita) y nosotros de cumplir con los principios de transparencia y previsibilidad que rigen en esta materia. Por otro lado, soy un ferviente defensor de la realización de un pago importante de los honorarios al comienzo de la relación profesional para atender el importantísimo trabajo que desarrolla el abogado al comienzo de la misma.

Admiro mucho la gran labor que haces para compartir tus conocimientos con los colegas, lo que conlleva además estar actualizado, escribir para tu blog, para tus libros, además tomando en cuenta que también te dedicas a ejercer la profesión; por ello, la pregunta es, ¿Cómo haces para organizar tu tiempo y que alcancen todas las cosas? (a veces pienso que debes tener un clon que te ayuda a compartir tus tareas).

Bueno, esa es la gran pregunta que me hacen muchos colegas… Soy de los que pienso que cuando amas algo, el entusiasmo hace que tus acciones se multipliquen y seas más productivo. Por otro lado, además de disponer de un gran apoyo en casa (me dejan hacer), aprovecho el mínimo hueco para dedicarlo a estudiar, escribir, participar en las redes, etc., y lo más importante, gracias al trabajo que llevo realizando en este campo desde 2011 (fecha de mi primer libro), dispongo de mucho material propio que aprovecho y, por tanto, facilita enormemente todos los proyectos en los que me embarco.

¿Cuáles son los beneficios concretos más importantes para la profesión que has podido encontrar en las redes sociales? Pregunto esto por cuanto a través de redes sociales he conocido a valiosos profesionales y me encontré con tu blog, que para mí es de obligada consulta, al menos una vez a la semana.

Personalmente, las redes sociales me han ayudado a poner los pies en el suelo y comprobar que mis experiencias profesionales tienen eco en las de otros compañeros, quienes, a su vez, han vivido situaciones similares. Esto reconforta y hace que creemos una comunidad de experiencias muy enriquecedora. Por otro lado, las redes me han ayudado a conocer a muchísimos colegas nacionales e internacionales (que jamás soñé conocería), especialmente de Latinoamérica, lo que ha sido verdaderamente emocionante. De hecho, ya estoy colaborando en algún proyecto con estos compañeros.

Si tuvieras la oportunidad de encontrarte con un joven Óscar Fernández León, al inicio –o quizás a la mitad de la carrera-, ¿qué le dirías sobre lo más bonito y lo más feo de la profesión del abogado?

¡Sería una experiencia impagable! Pues lo más bonito es esa fuerza interior que nos permite superar los constantes desencuentros que se producen en un contexto lleno de contradicciones; soledad, frustración, ira, etc. quedan en un segundo plano gracias a nuestro empeño por seguir creciendo (y esto tiene mucho mérito). De hecho, a veces miro atrás y me pregunto ¿Pero cómo es posible que hayan pasado tantos años y sigas aquí?… ¿Lo peor?, lo que motiva esa frustración, como es la sentencia desfavorable que te llega tras años de esfuerzo en los que te has dejado tu vida, la incomprensión de tu cliente, las angustias por el pertinaz impago de los honorarios, etc., y esa soledad que sentimos muy a menudo…

¿Qué consejos darías a los abogados en plena actividad sobre tratar de encontrar un equilibrio entre la vida personal y profesional?

Creo que ese equilibrio es muy importante, yo diría que esencial para la moderna abogacía.  En mi opinión, si tienes la opción de elegir (pues quizás estés en un despacho de otro abogado y no exista esa posibilidad), es fundamental ir estableciendo unos horarios del despacho que te permitan disponer a diario de un tiempo para tu vida personal (aquí le llamamos horario europeo); igualmente, la libertad de horarios (no estar sometido a un horario rígido), el teletrabajo y mucha organización en todo lo que haces pueden contribuir a dicho objetivo.

¿Qué disfrutas más, la academia o el ejercicio de la profesión?

Para mí, la actividad central es mi ejercicio en el despacho; la docencia, es un complemento maravilloso, pues después de años de ejercicio poder transmitir a los jóvenes abogados mis experiencias profesionales y técnicas para mejorar sus habilidades es un sueño para cualquier abogado (al menos eso pienso), máxime cuando sigo en la trinchera diaria como buen abogado de meseta. Pero respondiéndote a la pregunta, ambas prácticas me llenan y, hoy por hoy, no me atrevería a abandonar una por la otra.

¿Consideras que las habilidades del abogado pueden pulirse? ¿Crees por ejemplo, que un estudiante con pánico escénico pueda llegar a convertirse en un buen abogado?

Absolutamente. El abogado no nace, se hace, y la grandeza de la profesión es que aunque aterrices en la abogacía con una gran carencia de habilidades, recibir  una formación y una autoformación permanente, y aprovechar la mínima experiencia para aprender, puede convertirte en un magnífico abogado.

Lo del pánico escénico, lo hemos tenido todos, y se supera, aunque no del todo, porque cada vez que voy a juicio me pongo de los nervios, y el día que no me ponga…me retiro.

¿Cuál es el libro jurídico al cual siempre regresas a consultar a pesar del tiempo?

Me vas a permitir que te cite tres libros: Técnica del Informe ante Juzgados y Tribunales (Arturo Majada), El Alma de la Toga (Ángel Ossorio y Gallardo) y Abogacía y Abogados (José María Martínez del Val). El primero, un magnífico compendio de oratoria forense, y los segundos, verdaderos tesoros sobre la práctica del abogado.

¿Consideras que la vestimenta es importante para el rol del abogado?

Hoy en día, la imagen que transmitamos es primordial, ya que ayuda a resaltar nuestra personalidad, siendo aquella el elemento que determina la primera impresión que causemos en los demás. Un buen abogado debe proyectar una imagen de seriedad, responsabilidad y confianza. Ahora bien, cuando hablamos de imagen, mejor dicho, de buena imagen, hemos de apartar el pensamiento de ideales de belleza, pues en estos casos nos estamos refiriendo simplemente a seguir unas reglas y normas sencillas en el vestir y en el aseo que nos permitan mostrar una imagen normal que no llame la atención, pero que resalte los aspectos indicados.

Una última pregunta, ¿tienes algún hobby?

Bueno, la verdad es que tengo muchos, pero hoy por hoy es la música. De hecho, pertenezco a un grupo de rock, “Los Imputados” y toco la guitarra (naturalmente, somos aficionados y tocamos por puro placer). Lo nuestro son temas de los Rolling, Beatles, The Who, The Doors, etc. Buena música, vaya.

Pero Alfredo, no me preguntes de donde saco el tiempo para los ensayos…J

 

 

El secreto profesional explicado por Ángel Ossorio

Uno de mis capítulos favoritos en la excelente serie The Good Wife (sobre la cual escribí hace algún tiempo https://alfredocuadros.com/2017/06/07/cuatro-lecciones-para-abogados-de-la-serie-the-good-wife/ ) es uno titulado Bitcoin for dummies. Buena parte de la trama de este episodio es que las autoridades norteamericanas buscan dar con el paradero de la persona que tan solo se identifica como “Mr. Bitcoin”, acusándolo de crear una nueva moneda paralela e ilegal. El asunto es que no se había podido determinar la identidad del llamado Mr. Bitcoin, por lo que las autoridades arrestaron a su abogado, acusándolo de ser el propio Bitcoin. Para esto, al inicio del capítulo, el abogado arribó a las oficinas de Lockhart – Gardner (para los que no han visto la serie, es la firma jurídica en la que empieza a trabajar la protagonista), buscando asistencia legal urgente, ya que en ese momento estaba siendo vigilado muy de cerca por dos agentes. El asunto es que el abogado de Mr. Bitcoin les dijo a los abogados de Lockhart – Gardner que él no podía confiarles la identidad de su buscado cliente, ya que eso sería romper el secreto profesional.

Esto me ha dejado pensando mucho respecto del alcance del secreto profesional. En la misma serie mencionada, vemos cómo uno de sus personajes principales, el abogado Will Gardner es buscado por las autoridades para que proporcione información sobre un supuesto fraude electoral, para inculpar a su cliente, el gobernador Peter Florick que terminó victorioso en las elecciones. El dilema del abogado Gardner era que por un lado, si no colaboraba se podían presentar cargos en su contra; en cambio, si colaboraba, se libraba del encausamiento, pero lo más probable era que perdería su licencia profesional al romper el secreto.

Nuestra normativa en realidad muy poco ayuda sobre este particular, más allá de unas cuantas y contadas referencias en la Constitución, Código Orgánico Integral Penal (que sanciona la ruptura del secreto), no encontramos disposiciones que expliquen el alcance de esta institución.

Por ello, me pareció oportuno revisar la opinión que nos dejó Ángel Ossorio sobre el secreto profesional en su conocida obra “El alma de la toga”. En concreto, Ossorio dedica todo un capítulo para hablar acerca del secreto profesional, iniciando con una reflexión que va más o menos así (parafraseo, no hago una réplica textual): Fulano le confía un secreto a mengano; Mengano jura que nunca se lo contará a nadie y así lo hace, excepto que le cuenta el secreto a Pepito, de quien está seguro nunca le arrancarán esta confidencia; Pepito recepta el secreto y no se lo cuenta a nadie…, tan solo lo comparte con Juanito, ya que Juanito es leal y confiable y jamás de los jamases transmitiría lo que sabe a otra persona, excepto a Pedrito… y así. Concluye Ángel Ossorio que este tipo de personas jamás podrán dedicarse a ejercer el derecho.

Ossorio distingue tres tipos de situaciones conflictivas que se le pueden suscitar al abogado por guardar el secreto: (1) con su propia conveniencia; (2) con el interés particular; y, (3) con el interés social.

1.- En cuanto a la primera –el conflicto con la propia conveniencia-, Ángel Ossorio es tajante al afirmar que el abogado no puede romper el secreto profesional, aunque esto vaya en contra de sus propios legítimos intereses. Cuenta incluso una graciosa anécdota, sin dar nombres por supuesto, en la que relata que se abstuvo de patrocinar un caso en la que una señora airada le pedía que asumiera la defensa de su sobrina porque el esposo la había repudiado en la noche de bodas por no ser virgen (recordemos que el libro data de 1919), lo cual, para ella era mentira. Ossorio cuenta que se reunió a solas con la joven en cuestión, quien reconoció que no llegó virgen al matrimonio, por lo que simplemente le dijo a la tía que no tenía tiempo ni energía de asumir esa causa, guardándose lo que en confidencia le había contado la joven. La tía indignada, no solo que reclamó a Ossorio por no defender a la sobrina, sino que entabló una campaña para desacreditarlo en la comunidad –por suerte no había redes sociales-, por lo que Ossorio recibió noticias de varios amigos que le habían conocer que la señora en cuestión lo estaba poniendo en mala imagen ante terceros. La reflexión que señala el autor es que prefirió aguantar los descréditos e insultos de la señora por guardar el secreto profesional, así no le haya convenido.

2.- Respecto del conflicto con el interés particular, Ossorio invoca un ejemplo que suele pasar mucho, esto es, cuando guardar la reserva puede perjudicar al abogado de la parte contraria. Aquí la conclusión es que se debe preservar el secreto, sin embargo, lo que debe decidir el abogado es que si esta información le impedirá asumir la defensa del caso específico, ya que recalca que el abogado no puede defender la injusticia.

3.- ¿Qué pasa si el secreto riñe con un grave interés social? En este punto Ossorio piensa en casos delicados, como cuando un cliente le cuenta al abogado que ha cometido un grave delito y piensa huir lo más pronto posible. Aquí concluye  que en estas situaciones debe prevalecer el interés social, cueste lo que cueste, ya que siempre invoca la idea de que el abogado es un servidor del deber social.

Se pone en consideración otros casos, del cual solo citaré aquel en que el abogado conoce que un banco va a quebrar y está en la duda de dar aviso sobre esto. El planteamiento es que si el abogado conoce esta información por su labor y tiene la plena convicción de que esta quiebra es “honrada”, debe guardar el secreto; empero, si la quiebra es resultado de una intención fraudulenta, con el solo fin de perjudicar a los acreedores, el abogado queda relevado de guardar el secreto.

Ossorio también expresa la enorme importancia de los documentos que reposan en la oficina del abogado, para lo cual hace también distinciones. Si el abogado tiene en su poder documentos que el cliente le ha dejado, para asumir la defensa, la oficia del profesional no puede ser violentada y los documentos no podrían ser recabados; en cambio, cuando el propio abogado es sujeto de investigación como sospechoso de un delito, su oficina puede ser registrada, ya que esto sería acorde con las investigaciones que contra el abogado se están entablando.

Ángel Ossorio reconoce que hay muchísimos escenarios que se podrían dar en la aplicación e interpretación del alcance del secreto profesional. Pienso igual, faltaría tinta virtual para explicar cada posible situación en la que está envuelta esta reserva. Por ello, más que una conclusión, comparto este resumen sobre lo que indica el ilustre abogado Ángel Ossorio en su obra referente.

Gracias por la visita.

Cómo preparar y ejecutar un contrainterrogatorio (desde mi experiencia)

En entradas anteriores había compartido los consejos sobre el contrainterrogatorio que nos han legado experimentados abogados norteamericanos como Irvin Younger y F. Lee  Bailey. El día de hoy quiero en cambio poner a consideración del lector la manera en que preparo mis diligencias de contrainterrogatorio, con el objeto de dar una visión real y práctica de este aspecto que es muy importante en nuestra profesión.

Nunca está de más leer, estudiar y aprender sobre el contrainterrogatorio, el cual ha tomado más protagonismo con la implementación de las declaraciones en las audiencias, que nos permite realizar preguntas durante la propia declaración, la cual se rinde con presencia de las partes y el mismo juez (aún recuerdo esas épocas del Código de Procedimiento Civil en que las preguntas y las llamadas repreguntas, debían presentarse con anticipación, por escrito y eran receptadas muchas veces por un ayudante del juzgado). En lo personal, me puedo dar cuento de lo bien o mal preparado que está un abogado por la manera en que formula las preguntas, es decir, si no sustenta su pregunta en hechos sino en opiniones, si hace preguntas sugestivas cuando no debe hacerlo, cuando tarda demasiado tiempo en realizar una nueva pregunta, entre otras cosas.

Desde mis primeras audiencias iba con un listado de preguntas elaboradas previo a la diligencia, lo que implica todo este trabajo:

  • Leer bien la demanda y la contestación de la demanda.
  • Ir anotando aparte los hechos importantes expuestos por las partes.
  • Para contrainterrogar, trato de ubica puntos donde pueden existir contradicciones.

Si se hace bien la tarea uno terminará con un listado de preguntas que no son impertinentes, ni capciosas, ni subjetivas, ni que violenten alguna norma legal ni constitucional.

Ahora, llegado el momento de la práctica del contrainterrogatorio debo admitir que todas las preguntas las formulaba desde mi asiento en la sala, leyendo las preguntas y anotando las respuestas que iba dando el declarante. Estos apuntes me servían para tratar de incluir algo útil en mi alegato final.

En mis primeras audiencias, en muy escasas ocasiones me desapegaba de las preguntas que ya había realizado; con el tiempo, al estar ya mucho más afianzado en el litigio, aprendí a tenerme confianza para realizar preguntas no planificadas en un primer momento, aprovechando incidentes cuando el caso lo ameritaba, como cuando el declarante contrario realiza una afirmación que nada tiene que ver con el caso que ha planteado, por lo que podía explotar esa circunstancia para procurar desacreditarlo.

Esta técnica me parecía la ideal… y la seguiría empleando si no fuera por el libro “Cómo se ganan los juicios. El Abogado Litigante”, del ya mencionado F. Lee Bailey, sobre el cual ya he tratado en este blog (https://alfredocuadros.com/2018/03/16/reglas-para-el-contrainterrogatorio-propuestas-por-f-lee-bailey/ ). Como ya se conoce, Bailey es un abogado litigante norteamericano con dilatada carrera, con mucha experiencia en los contrainterrogatorios y, con esa autoridad que confiere la experiencia exitosa, aconseja no leer las preguntas durante esta diligencia y, sobre todo, no anotar las respuestas mientras el declarante las va formulando.

  1. Lee Bailey es radical en sus recomendaciones, las cuales pueden resumirse en estas:

– No leer las preguntas del interrogatorio.

– El abogado debe tener sus manos libres.

– Tratar de no empezar a buscar documentos durante la formulación de las preguntas, esto solo hará perder tiempo.

– No hay que quitar los ojos del declarante, esto para ir midiendo y tanteando su lenguaje corporal, determinar el grado de nerviosismo, vacilación, etcétera. Por ello, es lógico que entre leer preguntas y anotar las respuestas, se perderán valiosos segundos.

– Para esto, debemos tener en nuestra cabeza los detalles del caso, en otras palabras, debemos poner en ejercicio nuestra memoria.

En palabras de Bailey “El interrogador debe tener la cabeza llena de una multitud de datos y de información, obtenidos de cualquier declaración previa que haya hecho el testigo… además debe tener una imagen clara de los detalles de la escena del acontecimiento si es que hubo alguno. Sus manos tienen que estar libres la mayor parte del tiempo, y sus ojos tienen que estar clavados en el testigo. Si necesita consultar constantemente notas u otros materiales escritos, entonces sacrificará algo esencial: la velocidad.”.

Por ello, ahora sigo esta mecánica:

  • Identifico los hechos sobre los que declarará el testigo. Para esto, hay que recordar que la actual norma procesal ayuda, ya que el COGEP obliga a quien pide un testimonio, incluir los hechos sobre los que versará el mismo, de manera que ya podemos ir armando nuestras preguntas con esta información.
  • Los voy dividiendo por temas. Ejemplo, en un caso que me tocó defender un juicio por una supuesta estafa (estaba defendiendo a la procesada), tenía la oportunidad de contrainterrogar a dos peritos que se habían limitado a realizar la famosa pericia de reconocimiento de lugar de los hechos, lo cual no incluía el núcleo del debate principal, que era la supuesta alteración de una firma en un cheque. Solo como antecedente, el caso que se proponía por la acusación era que mi cliente había pagado una mercadería que consistía en ropa al denunciante, que se autodefinía como comerciante de prendas de vestir, con un cheque el cual fue firmado por mi defendida, pero que ella había de manera intencional alterado sus rasgos, para que el cheque no pueda ser pagado. Entonces, dividí las preguntas a los peritos en estos temas: (1) su labor específica en sus pericias de reconocimiento de lugar de los hechos; (2) si tenían especialidad o estudios en temas de rasgos de firmas, esto ya que a pesar de no ser un penalista a tiempo completo, la lógica me llevaba a concluir –entre otras cosas-, que al menos se debería contar con un peritaje que señale que los rasgos de la firma que se encontraban en el cheque fueron realizados por mi defendida; (3) investigaciones respecto del cheque –aquí logre que ambos digan que nunca vieron el cheque original, que se limitaron a sacar copia de la otra copia que había sido aparejada a la denuncia; (4) si habían requerido información al banco sobre el cual se giró el cheque. Al final, en apelación, obtuve una sentencia favorable para mi cliente.
  • Si tenemos identificado los temas durante la diligencia, les aseguro que facilita mucho empezar a realizar preguntas, incluso irlas improvisando conforme se vaya dando una u otra respuesta.
  • No anoto las respuestas; eso sí, ni bien termina la declaración, anoto lo que parece más importante, mientras mis recuerdos están frescos.
  • Es de mucha ayuda contar con un asistente que se encuentre en sala que vaya siguiendo los temas de las preguntas, para que nos pueda hacer una seña acerca de que si faltó un punto por cubrir y, además, que vaya anotando las respuestas, para que nos lo pueda poner a disposición sus anotaciones ni bien culmina la declaración.

He utilizado este método en unas cuatro audiencias y en realidad sirve, incluso, poco a poco podremos notar que empezamos a manejar la velocidad del contrainterrogatorio, dejando menos espacio a que el testigo pueda imponer su ritmo.

Esto es algo que puedo compartir sobre este tema. ¿Tienen ustedes alguna otra técnica o paso a seguir que quieran compartir? Sería de mucha utilidad compartir experiencias.

Gracias por la visita.

Los 10 mandamientos para el contrainterrogatorio de Irvin Younger.

Siguiendo con la línea trazada en entrada anterior, en la que toqué las recomendaciones para el contraingerrogatorio por parte de F. Lee Bailey (que puedes consultar aquí https://alfredocuadros.com/2018/03/16/reglas-para-el-contrainterrogatorio-propuestas-por-f-lee-bailey/ ), he decidido compartir las recomendaciones que sobre este mismo tema realizó en el momento Irvin Younger (1932 – 1988), otro prominente abogado norteamericano que dedicó gran parte de su vida profesional y académica a impulsar la excelencia en el ejercicio de la profesión.

Quizás el aporte más conocido de Younger para la actividad litigiosa es aquella charla que bautizó como “Los diez mandamientos para el contrainterroagorio” (The ten Commandments of Crossexamination), con la que proporcionó muchos consejos bastante útiles para ser usados durante el juicio, los cuales a pesar de estar pensados para la práctica jurídica norteamericana, bien pueden ser aplicados –con las obvias diferencias- en nuestras diligencias de contrainterrogatorio ya sea de parte o testigo contrario; e interrogatorio directo del testigo hostil.

Irvin Younger aclaró que estas reglas las agrupó en diez para darles un mayor sentido y que, conforme se verá, muchas de ellas pueden ser repetitivas, por lo que bien pudieron agruparse una o más en una solo y además, que no tienen un orden especial.

Dicho esto, paso a poner a su consideración estos diez mandamientos.

Primero: Hacer preguntas breves

Las preguntas que realizamos en el contrainterrogatorio deben ser cortas, abarcar solo un hecho. Recordemos incluso que el COGEP prohíbe hacer preguntas compuestas, que son aquellas que contienen más de un hecho, lo cual puede llevar a confusión.

En lo personal, reconozco que muchas veces es muy complicado hacer solo preguntas cortas; sin embargo, se logra mucha dinámica y se puede manejar mejor el tiempo entre pregunta y respuesta.

Segundo: Preguntas cortas, lenguaje claro.

Este mandamiento está pensado para el sistema de los juicios con jurado. Younger resaltaba que la mayoría de miembros del jurado son personas que no tienen conocimiento de leyes, por lo que había que tener siempre presente no usar ni abusar de los tecnicismos que tanto nos gusta a los abogados.

Sin perjuicio de lo indicado, esta regla es igual provechosa para nuestros juicios, ya que el hecho ser lo más claros posibles en nuestras preguntas, llevará a realizar un interrogatorio más ordenado y con menos interrupciones.

Tercero: Todas las preguntas deben ser sugestivas.

Algo que también ya habíamos comentado al hablar de las reglas de F. Lee Bailey. Irvin Younger menciona que en el interrogatorio es el abogado el que lleva la melodía, no el testigo. Precisamente, realizar preguntas sugestivas (sí, aquellas que ya sugieren la respuesta), es una regla de oro para contrainterrogar, porque se entiende que no debemos darle la facilidad al testigo contrario de que se explique con sus respuestas.

Por ello, Younger desaconseja con todas sus fuerzas el realizar preguntas tipo “¿Por qué? ¿Qué pasó después?”, al contrainterrogar, ya que esto es un cheque en blanco para que el testigo se extienda en sus respuestas.

Cuarto: Solo preguntar aquello sobre lo que conocemos la respuesta.    

Esto también lo aconseja F. Lee Bailey y no es coincidencia. El contrainterrogatorio no una fishing expedition, como dicen los norteamericanos, aludiendo a que esta no es una diligencia para ver qué podemos pescar. Se entiende que para ese punto ya debemos tener muy identificados los hechos y, sobre todo, lo que queremos obtener de cada testigo.

El contrainterrogatorio no es una diligencia para descubrir nuevos hechos, es el momento para tratar de ganar puntos ante el juez con nuestro manejo del testigo y de las circunstancias importantes del debate jurídico.

Quinto: Escuchar las respuestas del testigo.

Aquí Younger nos indica que tenemos que escuchar lo que dice el testigo al contestar nuestras preguntas. Esto implica atender lo que nos dice, para saber si estamos logrando nuestro objetivo.

En la práctica suele pasar mucho que estamos tan enfocados en nuestra parte, en nuestras preguntas, que no escuchamos en verdad lo que dice el testigo, lo que nos lleva a no atender lo que responde el declarante porque estamos pensando en la siguiente pregunta.

Sexto: No pelearse con el testigo.

Una de las peores cosas que podemos hacer es ponernos a discutir con el testigo. He visto cómo colegas se ponen casi que “de tú a tú” con un testigo e incluso me ha pasado y créanme, se ve mal, está mal y nos hace perder puntos con el juez, además de que nos lleva a desperdiciar preguntas y tiempo que bien podemos emplear para algo más beneficioso para nuestro caso.

Séptimo: No permitas que el testigo repita sus respuestas.

Si durante el interrogatorio directo el testigo contrario ha afirmado y explicado algo que no nos beneficia, lo peor que podemos hacer es volverle a preguntar sobre lo mismo, porque lo más seguro es que lo reiterará con mayor seguridad.

Irvin Younger sobre esto decía algo así como: si se escucha una vez puede que la gente lo crea; si se lo escucha dos veces, se lo creerán; si lo escucha tres veces, se creerá más y, si está por escrito, se lo considerará como un dogma escrito en piedra.

Salvo que se tenga una prueba irrefutable y palpable sobre que el testigo ha mentido de manera descarada (afrontémoslo, muy pocos casos en la vida real se dan este tipo de situaciones y que sean comprobables al momento), no hay que volver a preguntar lo que ya dijo, esto solo hará que ante el juez el testigo contrario tenga mayor credibilidad.

Octavo: No permitas que el testigo se explique.

Esto tiene que ver con las preguntas sugestivas sin lugar a dudas. Se busca hacer preguntas cerradas en el contrainterrogatorio y para el testigo hostil, teniendo siempre en mente que en estos actos no buscamos que el testigo rinda una larga declaración, sino que en lo posible, se limite a contestar sí o no.

Esto suele ser muy difícil ya que en la mayoría de ocasiones, los jueces permiten que el testigo explique con sus palabras lo que se pregunta; sin embargo, con una técnica adecuada y preparación, se pueden obtener resultados muy interesantes.

Noveno: No preguntar de más.

Saber detenerse es algo primordial para el abogado. Debemos tener muy, muy bien identificado lo que queremos lograr con cada testigo para que, cuando lleguemos a la meta saber parar, ya que si seguimos preguntando puede llevarnos a perder todo el buen trabajo que se logró con las interrogantes anteriores.

Se suele citar en esto un ejemplo muy común. En un juicio por lesiones en el que se busca sancionar a una persona por haber arrancado de un mordisco la oreja a otra persona (tipo Mike Tyson), se da este intercambio entre el abogado defensor del acusado y el testigo principal de la fiscalía:

Abogado: ¿vio usted cuando el acusado mordió la oreja a la víctima?

Testigo: En realidad no lo vi.

¡En vez de parar y retirarse con esa ventaja el abogado continúa!

Abogado: ¿Cómo entonces puede asegurar que mi defendido mordió la oreja de la víctima si usted asegura no lo vio cuando supuestamente la mordió?

Testigo: Porque en cambio vi muy claramente cuando su defendido la escupió…

Décimo: Dejar el argumento para el alegato.

En este último mandamiento, Younger aconseja dejar el argumento para nuestro alegato. Esto es, si queremos usar una respuesta del testigo para probar algo, o para refutar o argumentar un punto a nuestro favor, no debemos hacerlo en el momento del interrogatorio, sino que debemos guardarlo para explicarlo en el alegato final.

Estos fueron todos los mandamientos, espero sean de provecho.

Gracias por la visita.

 

La doctrina de los frutos del árbol prohibido.

Estoy seguro que en alguna película o serie televisiva que tenga un trasfondo jurídico, o alguna obra literaria  de drama judicial –de las cuales me he vuelto fanático incorregible-, nos ha tocado leer o escuchar acerca de que se excluye alguna evidencia por haber sido obtenida de manera ilegal, en aplicación de la doctrina del “fruto del árbol prohibido”. Todos los que estamos en el mundo del derecho conocemos la idea neutral de esta teoría: toda prueba obtenida o actuada contra las normas legales y constitucionales no puede ser aceptada en juicio.

Como muchas veces me ataca la curiosidad, me entraron las ganas de buscar el origen de esta tesis y además, de aquella denominación muy poética, lo cual me llevó a remontarme al derecho comparado y, más en detalle, a una decisión de la Corte Suprema de los EEUU, expedida en 1920.

Los hechos del caso que condujeron a la aplicación de esta doctrina son los siguientes:

  • En 1920 Asa y Frederick W. Silverthorne (padre e hijo) fueron arrestados por presunta evasión tributaria, por lo que fueron retenidos por algunas horas. Como siempre, death and taxes.
  • Producto de las investigaciones, además de estas detenciones, miembros del Departamento de Justicia detuvieron para interrogatorios a varios trabajadores de la compañía Silverthorne Lumber Company, dirigida por los mencionados ciudadanos.
  • Además de esto, los agentes procedieron a allanar las oficinas de la compañía sin tener una orden válida (warrant en inglés), recabando y llevándose todo lo que consideraron necesario para sus investigaciones, entre otras cosas libros contables, documentos, información variada.
  • Los investigadores obtuvieron además copias y fotografías de todos los documentos que se llevaron de las oficinas de Silverthorne Lumber Company.
  • Hasta ese momento, los Silverthorne estaban siendo investigados por solo una infracción criminal.
  • Los señores Silverthorne ni cortos ni perezosos solicitaron a la Corte del Distrito la devolución de los documentos, argumentando que todo el operativo y la recolección de la evidencia era ilegal, punto que era cierto, ya que los agentes actuaron sin una orden válida. Solicitaron además que se les devuelvan las copias y las fotografías obtenidas.
  • El Fiscal del Distrito se opuso a este pedido de los afectados, incluso para agravar más la situación, hizo conocer que con la documentación recopilada se estaba trabajando en una nueva imputación contra los Silverthorne ante el gran jurado (Si quieren conocer cómo funciona el gran jurado en el derecho anglosajón, recomiendo leer “Tiempo de Matar”, de John Grisham, en donde se relata con detalle el proceso de acusación penal).
  • La Corte del Distrito atendió el pedido de los Silverthorne de manera parcial, ordenando la devolución de la documentación original, mas no las copias ni las fotografías.
  • La siguiente jugada de la fiscalía fue pedir de manera oficial la presentación de los documentos originales que habían sido devueltos a los Silverthorne, a través de la llamada subpoena.
  • La Corte entonces, atendiendo el pedido de la fiscalía, ordenó a los Silverthorne que presenten todos estos documentos.
  • Los Silverthorne se negaron a presentar los documentos, enfrentándose ahora a un nuevo cargo, esta vez por desacato.
  • Ante esta situación, los Silverthorne solicitaron a la Corte Suprema que revisen las actuaciones de la Corte inferior. Este pedido de revisión se denomina writ of error.

Llegamos entonces a la parte en que la Corte Suprema emite la decisión que dio el puntapié inicial a la tesis que ha motivado esta entrada. El Juez ponente de esta decisión fue el honorable Olliver Wendell Hollmes, Jr.

A pesar de que el texto de la resolución no es muy extenso voy a tocar directo el punto que me interesa, pidiendo disculpas por cualquier error en la traducción.

El fallo señala que si se aceptaba la posición del gobierno sobre la aceptación de esta evidencia contra los Silverthorne se “reduciría la Cuarta Enmienda a solo una fórmula de palabras”. Esta enmienda trata acerca del derecho de toda persona de asegurar su integridad, hogares, documentos, efectos contra registros e incautaciones que no sean razonables; además, de la prudencia y la necesidad de causa probable para emitir una orden de allanamiento y registro. Evidentemente, el juez ponente razonó que si se daba paso a la tesis expuesta por el gobierno, los derechos expuestos en la Cuarta Enmienda serían meros enunciados sin aplicación real y práctica en favor de los ciudadanos.

Continúa la sentencia con lo siguiente: “La esencia de una disposición prohibiendo la adquisición de evidencia en una forma determinada, no es solo para que la evidencia así obtenida no sea usada en Corte, sino que para no sea utilizada en absoluto. Por supuesto, esto no significa que los hechos obtenidos así sean sagrados e inaccesibles…”. Nace entonces la tesis de los frutos del árbol podrido, aunque debió esperarse hasta otra sentencia expedida en 1939 para que el juez Felix Frankfurter la bautice con ese nombre, utilizando por primera vez la metáfora del árbol y sus frutos.

Como bien se apunta en el texto transcrito, esta regla no es definitiva y tiene sus excepciones:

  • Que la misma información obtenida ilegalmente se descubra por otra fuente independiente y separada;
  • Que a pesar de la fuente contaminada, la investigación hubiera llevado de manera inevitable a recabar esa evidencia.
  • Que la cadena de causalidad entre la acción ilegal y la evidencia contaminada sea bastante débil.
  • A pesar de que la orden de allanamiento haya sido expedida por una causa probable, se ejecutó de buena fe por los agentes.

A pesar de que el juicio  de los Silverthorne se lo toma como antecedente directo de esta teoría, también se cita bastante el caso Week contra los EE. UU., decidido en 1914, en el que también se rechazó una evidencia por considerar que el trabajo de la policía para obtenerla había violado la Cuarta Enmienda.

Entrando a nuestra realidad, es claro que toda prueba obtenida de manera inconstitucional o contraviniendo normas legales no tiene valor y debe ser desechada por el respectivo juzgador. En este sentido basta con leer los artículos 76, numeral cuarto de la Constitución, 160, párrafo cuarto del COGEP y 454, numeral sexto del COIP, entre otros, para tener una idea de la aplicación jurídica de esta tesis en nuestros litigios.

Todo esto me lleva a estas conclusiones:

  • En el mundo de los litigios, el fin no justifica los medios. La meta de obtener un resultado favorable, no autoriza a las partes a violentar los derechos de terceros.
  • En los juicios importa el fondo y la forma. De nada sirve tener la mejor de las pruebas, si la hemos obtenido con vulneración de las normas.

Si les entra la curiosidad por leer el fallo del caso Silverthorne, les dejo aquí el link: https://supreme.justia.com/cases/federal/us/251/385/

Gracias por la visita.